"Yupanqui telegrafista" por Roberto "Coya" Chavero*

Don José Demetrio, humilde peón siete oficios, anduvo por muchos rincones del país, marcado tal vez por el nomadismo que parece un rasgo muy marcado en los Chavero. Ya casado con mi abuela, doña Higinia Aram, consiguió trabajo en los ferrocarriles que los ingleses estaban instalando. Recorrió todos las tareas que había en ese entonces hasta llegar a Jefe de Estación. Los niños iban creciendo en ese ámbito de encuentros y despedidas, trabajadores golondrinas que llegaban a trabajar en las cosechas y su traslado. El silencio de los días campesinos de aquella inmensa llanura, llamada pampa, solo se quebraba entonces. Ganados, cereales iban completando lentamente los vagones bajo la atenta mirada del jefe de estación que debía dar cuentas de la carga.
A veces, ya instalado el telégrafo que acompañaba el desarrollo ferroviario, llegaban mensajes y había que contestarlos. Por tal razón y, además, para acostumbrar a sus hijos a colaborar en el trabajo, don José Demetrio los había instruído en el manejo del telégrafo. Así fue como mi padre y su hermano Alberto aprendieron a manejar con soltura el Código Morse.
También he visto en mis años campesinos a muchos niños colaborando con sus padres en las tareas rurales. Juntar las vacas, ir a buscar las cabras al cerro, traerlas al corral cada tarde, ayudar a juntar los choclos o el maíz ya maduro, tunas, higos, duraznos, pichana para la escoba, cedrón o tomillo, yerba buena.
Cuántas pequeñas tareas hicieron muchos niños del campo y cuánto de bueno tuvieron esas tareas, aunque no tuvieron edad para medirlo. Con los años y las experiencias de la vida cotidiana, lo vivido las va decantando en nuestro espíritu. Cuando esto sucede, descubrimos una pequeña sabiduría en nosotros que nos ayuda a comprender la existencia desde otro lugar.
Los años pasaron y la vida los llevó a mi Tata y al tío Alberto por distintos caminos, sin que estos pequeños acontecimientos de la simple vida campesina se desgajara de sus vidas.
Así fue como una vez, mi Tata fue invitado a una cena a la que concurrió con un amigo. Era un grupo grande de personas. No recuerdo el motivo que los congregaba. Seguramente algún festejo. Como todas estas reuniones, transcurrieron las horas entre charlas amables y risas, recuerdos y anécdotas, ocurrencias y descubrimientos.
De pronto pasaron los mozos que con mucha amabilidad alcanzaron la adición (así se decía en aquellos años) a los comensales. Al ver el monto, lo amable de aquél momento se transformó en angustia para mi padre. No alcanzaban los billetitos que traía. No quería dar mala impresión levantándose a susurrar a su amigo al oído su problema. Entonces mi Tata tomó cuchillo y tenedor y envió un mensaje en Morse a su amigo, como si fuera un juego. Éste también había trabajado en los ferrocarriles, de modo que comprendía y manejaba el código. Así transcurrieron las consultas durante unos minutos:
“cuánto tenés- tanto- yo tengo tanto- no nos alcanza- y ahora qué hacemos?”
De pronto, irrumpió otro mensaje en Morse, diciendo: “-no les alcanza muchachos-no se aflijan-yo los ayudo”.
Resulta que había otro hombre en la mesa que también había pasado por lo ferrocarriles y también manejaba el telégrafo.
Mi Tata y su amigo, entre vergüenza y alivio, agradecieron del mismo modo a su oportuno salvador.
Qué importante para estos hombres el haber aprendido algo que no parecía tener gran utilidad y sin embargo los ayudó, no solo a superar un momento incómodo; también les acercó uno de esos hermanos de la vida, desconocido, y que suelen aparecer cuando más los necesitamos.

*Titular de la Fundación Atahualpa Yupanqui e hijo de Atahualpa Yupanqui

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