"Simple relato"
por Roberto "Coya" Chavero (01/06/13)

Como algunos amigos saben, viví casi 15 años en el campo. Digo, viví y trabajé en el campo esos años. Esta circunstancia de mi vida me permitió aprender mucho y sobre todo comprender la tarea que se tomo el Tata de difundir en poesía, prosa, música y canto ese ámbito que fue fundamental en su vida y, por el hecho que menciono, también en la mía.
Muchas conversaciones con los actores de esa vida, algunos dueños de pequeñas extensiones y otros de grandes extensiones, ingenieros agrónomos que estaban conchabados para organizar la producción, otros para orientarnos desde el Inta, y gran cantidad de peones, tractoristas, cosechadores, hacheros, para-técnicos de Senasa, alambradores, todos protagonistas de un mundo maravilloso con una aparente calma de mar mientras que por lo bajo, a ras de los yuyos, la vida está en permanente movimiento.
Relatos graciosos, chascarrillos, historias para amenizar el fin de una jornada en el café de la estación de servicio, cuando nos dejaban los rostros y las manos cortados el frío viento Sur o la sequedad del viento Norte.
Un amigo gustaba contar cosas de la pampa gringa, su lugar de origen.
Recuerdo la de un gringo que había comprado un tractor y estaba meta y ponga arando un potrero.
Avanzaba en su tarea de dejar el suelo mullido para la semilla de un trigo o de un maíz, vaya a saber, cuando empezó a encenderse una luz roja en el tablero.
Primero paró el tractor, lo dejó regulando, luego lo aceleró y la lucecita se apagó por un rato.
Unos surcos más y otra vez apareció, como una molesta luciérnaga empecinada, en su tablero. Se detuvo nuevamente y esperó. No sabiendo a qué correspondía esa luz roja, arrancó de nuevo ya con la luz permanentemente encendida.
Con enojo metió la mano por abajo del tablero, tocó unos cables que colgaban allí atrás. Moviendo uno la luz titilaba.
"Ma' que m.... Vos no me jodés más!", dijo, arrancó ese cable y siguió arando muy tranquilo porque había resuelto su problema: la lucecita que se encendía.
Uds. se imaginan el final de esta historia:
Aró unos surcos más hasta que el motor del tractor dijo basta y por más que insultó a Dios y a María Santísima el tractor se quedó mudo y parado como mula empacada.

Esta historia es muy simple, como simples somos muchos de los que hemos crecido en un ámbito rural.
Pero hemos aprendido a observar.
Algunos prefieren arrancar el cable para no ver la lucecita roja encendida.
Bajarse del tractor a tiempo es una sabia decisión.

Les manda un abrazo quien varias veces prefirió arrancar el cablecito.
Coya

 

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