YUPANQUI por DANIEL SALZANO

Diario La Voz de Córdoba - 28/05/2006

Cada vez que llegaba de visita a Córdoba, Atahualpa Yupanqui se alojaba en el hotel Crillón, a 50 metros de la iglesia de la Merced y a 10 de la zapatería Guante. Curiosamente, y mientras duraba su visita, se producía un respetuoso silencio en las inmediaciones del hotel. Como si estuviera descansando Martín Fierro. Algo parecido a lo que sucedió en 1901, en Milán, cuando Giuseppe Verdi agonizaba y, para no perturbar su descanso, los caballos atravesaban el empedrado con los cascos envueltos en zoquetes.
Y es que Yupanqui, Don Ata, Héctor Roberto Chavero, reunía en su persona todas las características de un prócer popular: era conocido, escribía con talento, cantaba como ninguno, hablaba con autoridad, vivía en París y nunca se quejaba.
Lo que quiero decir es que cada vez que llegaba a la ciudad, por la redacción del diario corría un viento helado porque había que ir a entrevistarlo y entrevistar a Yupanqui era como entrevistar a Lindor Covas: no sólo tenías que consultar una bibliografía de recortes que abarcaba cuatro biblioratos, sino que tenías que entrenarte en música, política, folklore y filosofía.
Y es que Yupanqui no sólo imaginaba la patria tal como debía ser sino que la conocía tal como era.
Lo primero que hacía Don Ata cuando llegaba era hundir sus posaderas bíblicas en el sillón color marfil que el hotel desempolvaba para las grandes ocasiones: Borges, Locche, Ellington, Aznavour, Nélida Roca.
Atahualpa Yupanqui se protegía los hombros con un poncho de vicuña cuyos extremos se plegaban y perdían en la inmensidad de sus sobacos, llevaba en la solapa un gallito de oro concedido por el Ministerio de Cultura de Francia, una corbata de cabecita negra y a la hora del almuerzo se tiraba 10 minutos analizando la carta de vinos del hotel.
Primera impresión: estaba mucho más allá del fulgor y de la basura de las reglas del juego mediático. Segunda: un país se puede permitir que sus políticos sean unos ineptos, pero no que lo sean sus artistas.
Antes de oírte y, por supuesto mucho antes de contestarte, el prócer, sin mover las pupilas te orejeaba y te sacaba 100 metros de ventaja. Yupanqui, con los hombros volcados hacia delante, el abdomen generoso, el pelo untado con un dedo de gomina y unas manos prolijas y oscuras que contrastaban con la blancura del pan, pidió paté con aceitunas, un bife bien hechito y queso de cabra bañado con arrope. De la marca del vino no me acuerdo, sólo que era tinto y mendocino.
Había nacido en Pergamino y aprendido a conocer las cosas de la tierra desde chico. Le gustaba el silencio y observar los caballos en el río, con los ijares llenos de espuma. Cuando era un bebé lo izaban en brazos para que se diera el gusto de tocar con sus manitas los arreos. Su casa –recordó– lindaba con el cielo.
No fumaba ni permitía que se fumara en 50 millas a la redonda y mientras yo escribía en una libreta de la librería Ompré me escrutaba como si se tratara de un piojo.
Una acotación: entrevistar a Yupanqui no solamente era una tarea ardua por lo que había que escribir sino porque a la mañana siguiente él iba a leer lo que habías escrito.
Llegó el fotógrafo. Ni se le movió la cara. Su verdadero genio consistía en salir siempre en la mejor fotografía, ya que estaba en cada momento en el lugar exacto. Esa, al menos, fue la opinión del fotógrafo cuando terminamos de hacerle la entrevista.
No recuerdo exactamente los temas que le propuse para el reportaje, pero lo que no consigo olvidar es que nunca respondía de inmediato. Pensaba un rato largo antes de hablar, como si estuviera redactando sus respuestas en el aire.
De memoria: “El amor no es amor sino se desea y la muerte no es muerte sino se le teme”.
Lo demás está sintetizado en los cientos de canciones y en una docena de libros que fue escribiendo a lo largo de su vida (1908-1992) pero que, curiosamente, no se consiguen con facilidad. En el estante de la Y de las librerías de la calle Deán Funes no existe otra cosa que el polvillo que se desprendió cuando rasquetearon la iglesia de Santo Domingo.
De memoria: “Se levanta en la noche / la voz doliente de la baguala / y el camino lamenta / ser el culpable de la distancia”.
Se está celebrando en estos días la semana Yupanquiana, ya que el payador perseguido murió bajo el signo de Géminis, en Francia.
Una vez, en un pueblito tucumano, cantó en un circo cuya atracción mayor era un chanchito amaestrado que atravesaba un aro de fuego. Eso también me lo contó. Fue la única vez que sonrió a lo largo de toda la entrevista.

Daniel Salzano

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