Roberto Chavero visita Agustín Roca (Bue)

Extraído de: http://agustinroca.com.ar/noticias.php?var111=246

Días pasados visitó el pueblo, Roberto Chavero hijo de Don Atahualpa Yupanqui

Después de tanto tiempo se hizo realidad la visita de Roberto Chavero.  Este año por gestiones del Grupo de Turismo Rural, Agustín Roca, Sabores y Tradición se concretó la misma.
Uno de los objetivos del grupo es trabajar sobre la obra de  Don Atahualpa y su paso por Agustín Roca.
Roberto Chavero llegó el viernes 10, cerca del mediodía a la localidad de Agustín Roca, lo esperaron en la Estación miembros del grupo Agustín Roca Sabores y Tradición, el Delegado Municipal Juan José Macchiavello,  vecinos de la localidad.  La Sra. Lita Martinelli le mostró la estación, le contó anécdotas rescatadas de cuando vivió su padre en este lugar, los chicos del comedor le cantaron acompañados con la guitarra una canción y el hizo lo mismo hacia los allí presentes. Fue un momento de honda emoción, donó libros a la Biblioteca El Tren de la Lectura y después se dirigió acompañado por los presentes a la Escuela, toda una sorpresa para los directivos, docentes y alumnos que estaban por festejar el acto conmemorativo del "Día del maestro".

Palabras de Roberto Chavero

La Directora presentó al visitante, quien expresó su emoción en conocer el lugar en donde vivieron sus abuelos y su padre.
Algunos de sus conceptos"..: la humildad de un origen no limita, mi papá nunca tuvo vergüenza de ser hijo de una familia humilde y trabajadora ..." "...sin embargo nunca se apartó de los libros y la lectura de aprender, vivió aprendiendo hasta que se murió, pero gracias a esto de aprender, tener interés por todo lo que la vida nos ofrece, para conocer de todo,  él pudo recorrer el mundo gracias a su arte, pero su arte al tocar la guitarra no era solo una habilidad técnica, sino que su arte estaba fundamentado en lo que aprendió a lo largo de la vida..." .Concluyó su mensaje expresando "... yo creo que lo importante es la paz"  .
Resaltó que ellos tienen el mandato de hacer conocer la obra yupanquiana a través de libros, charlas, dvd y distintos materiales que están a disposición de la institución y de la biblioteca de la estación.

Agasajo

Como no podía faltar fue agasajado con los tradicionales fiambres de Roca en un almuerzo al cual asistieron otros vecinos con fotos e historias de la época en que Don Atahualpa vivió en Roca. Fue también otro momento de mucha emoción.
Con esta visita se abrió un vínculo más estrecho de trabajo mancomunado con la Fundación Yupanquiana, el Grupo de Turismo Rural y vecinos de Agustín Roca que hace tiempo buscaban hacer conocer algo tan importante como que Don Atahualpa comenzó a abrazar la guitarra en dicha localidad.

Agustín Roca, entre la tierra y el cielo
por Roberto "Coya" Chavero

Una mañana de lluvia intensa nos arrimó a Agustín Roca. La noche anterior, Vedia escuchó nuestras canciones y poemas, dejando en nosotros una emoción silenciosa. No queríamos quebrar con comentarios la serena dicha de la tarea cumplida. Mi compañero, silencioso como siempre, mucho ayudó en esto. Mi natural fervor tal vez me hubiera empujado a romper la quietud que sigue al ritual del canto y la música.
Los campos bajo la lluvia parecían quietos, inmóviles, dejando que la tierra abriera sus poros para saciar la sed de las semillas y de las raíces. Los trigales, asustados de que no fuera demasiada agua para ellos. Los chacareros en los galpones realizando tareas a la espera del final del aguacero.
La ruta no cambió su rutina de tránsito de camiones y autos devorando kilómetros para llegar a destino. El parabrisas empecinado en empañarse nos obligaba a mantenerlo limpio y nos ponía  una tensión que sola se disipó cuando el cielo dijo basta y empezó a escampar.
No sé porqué, nos pasamos de largo. No vimos los carteles, ni el camino asfaltado de ingreso, ni la arboleda que anuncia la presencia de un poblado en el horizonte de la pampa. LLegamos  a Roca  por una calle de tierra. Nos asomamos por detrás del terraplén de las vías. Unas vías que están mudas desde hace muchos años, dejando al pueblo en silencio, sin la aventura de la llegada del tren, vacío de murmullos el andén, desaparecida aquella curiosidad de ver a los recién llegados. Los galpones del ferrocarril, la estación ordenada, como una Penélope que aguardara a sus viajeros, ajena al tiempo y a los tiempos. Entramos al espacio de la estación y empezaron a salir algunas personas  de adentro. Dos niños con sus guitarras nos recibieron con rasguidos criollitos como sus rostros. La tímida alegría de los poblados campesinos en las gentes que nos dieron la bienvenida. Lita con sus ochenta y tantos años nos recibió en nombre de todos. Mujeres de aspecto criollo y humilde la acompañaban; nos condujeron por las dependencias de la estación, orgullosas de la tarea que allí realizan. Nos mostraron la cocina, un lugar que está intacto a pesar del tiempo transcurrido. Allí preparó mi abuela las comidas para la niñez de mi padre y de mis tíos; allí se mezclaban los aromas de comida con olores de pastos mojados, de  cereales recién cosechados; los ruidos de ollas y platos con los relinchos de los caballos que tiraban los carros y con los cantos de los pájaros que andaban por los árboles   de la estación.
Un mundo de sensaciones me ganó el corazón y me sentí en un templo al que no quería agregarle nada: ni palabras, ni lágrimas, ni gestos. Dejar que un profundo  silencio fuera la mejor expresión de mi sentir. Dejar que ese mar avanzara en el alma hasta lo más profundo para guardarlo en ese cuenco que todos tenemos y al que nos asomamos solo cuando la vida aprieta. Es nuestro tesoro más recóndito y sagrado. Nadie baja hasta allí. Solo nosotros podemos ver en su oscuridad y caminar cómodamente, sin tropiezos, porque solo para nosotros todo es claro allí. No me es posible imaginar al amor como algo brillante. Pienso en el vientre de las madres donde todo es tenue, donde los sonidos llegan como murmullos, y en el que la placidez es el continente de la vida. Paz y quietud y luz que no brilla y sin embargo alumbra.

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