23 de Mayo: 19 años de la desaparición física de Don Atahualpa Yupanqui.

La verdad y la mentira son contrarios que pugnan por eliminarse en una permanente lucha. Se entrelazan, se cruzan, se enroscan, medias verdades y mentiritas, verdades como puños que suenan a mentiras y mentiras monstruosas que se aceptan como verdades. Verdades que triunfan mientras la mentira conspira en los rincones. La mentira instalada, siempre prevenida contra la verdad, que ronda por sus arrabales acechando con un futuro de justicia y razón.

Pocas veces las verdades triunfan de una manera clara, contundente, pero –como solía decir un andaluz amigo- “se mueren sus enemigos”.

En el sistema que nos toca vivir, la mentira ha hallado un ámbito, un medio más que propicio para campear por sus fueros. Para constatarlo no hay más que asomarse a lo cotidiano. Así, uno verá que la mentira instalada es absolutamente una verdad y la verdad anhelada parece mentira.

La canción contiene esa lucha desde siempre y cuando uno en estos días se aburre con la mentira sonora de advenedizos y oportunistas, de productos que salen como churros con la pretensión de ganar dinero – no siempre lo consiguen- manoseando descaradamente sentimientos y emociones que nacen de las raíces más puras de los pueblos, en algunos casos reivindicando ostentosamente “tradiciones y patrias” mientras las van desvirtuando con su falta de respeto y la profunda desinformación que los caracteriza, haciéndoles el juego, precisamente, a quienes les conviene que nos desarraiguemos, que no tengamos personalidad ni referentes, que muramos como pueblo.

Si uno busca el contrario a todo esto, el punto de apoyo más importante sin duda es: Don Ata.

Recorrió el país como pocos, paso a paso y comprendiendo los silencios de sus gentes, sus introspecciones y el mínimo gesto, medido, temeroso, de alguna alegría súbita que por irrefrenable tal vez, ponía un brillo nuevo en las pupilas. Las picardías del criollo, su dolor silente, la hondura del indio, desterrado en su propia tierra, las broncas contenidas en el crujir de huesos de manos deformadas por el duro trabajo, de los peones. El ángel del amor jugando en un revuelo de polleras y sílabas de pañuelos, enredándose en el aire entre rubores en un ágil trasiego de zamba sobre un piso de tierra. Supo muy bien del desamparo, convivió con los cerros, los montes, conversó con la luna en las salinas y en la llanura, extendió su ancho corazón paisano al trote lento de una milonga, derechito, derechito al alma. Nunca se hizo el gaucho y fue bien criollo. Recorrió la rosa de los vientos y no dejó de ser muy Argentino. Tradujo en simples palabras lo vivido y la simpleza lo supo poeta. No alzó la voz y sin embargo cada día resuena más fuerte su canto. Su conducta es una clara rastrillada a seguir por los que eligen en esta vieja encrucijada, el rumbo de lo pegado a lo autentico. Deslumbró con su decir criollo, enfatuadas audiencias de oropel y vanidades, con su ponchito y su guitarra en la que habitaban guadales y cuchillas, ventisqueros y selvas, esteros, quebrachales, acequias y ríos como mares, toda la enamorada lejanía, de la que sus ojos apaisados daban una acabada idea de profundidad y que solía instalar en el pulso de todo aquel que lo oía, con el punto y coma de los silencios que cantaba.

Se murió solito allá en Nimes, Francia, de la misma forma en que había vivido, humildemente, fiel hasta las últimas consecuencias a su amor por la canción de nuestra tierra y el modo de sentir de nuestra patria.

Creo que hacía un par de días que, presintiendo su final, se ponía el traje de salir a escena, los zapatos y se acostaba a esperar la muerte, con la naturalidad que da el haberla visto pasar cerca tantas veces, de haberla cantado, de amar la vida, que es la mejor manera de comprender la muerte…

Entre toda esta maraña de intereses, trenzas, ninguneos, vanidades y frivolidad, surge altiva e invencible la figura del cantor, del poeta, el caminante, “el conversador en re menor” como él solía decir, viva en “l’alma de los demás” como también decía, aquel Fierro inmortal con el que Hernández, nos legara aquello de: “… acostúmbrense a cantar en cosas de fundamento”.

Rafael Amor

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