Villa Quebrachos

Imagenes extraída de www.panoramio.com/user/5148983 - iglesiasypaisajesdesudamerica.blogspot.com.ar

Paraje del sur de Santiago del Estero, en el departamento Villa Quebrachos. Solo hay una iglesia medio derrumbada con signos de haber pertenecido a la iglesia Anglicana. Un cementerio detrás de ella, un mojón del ejército argentino y una casa antigua, su techo con torretas y un piso de pequeñísimos adoquines de quebracho colorado, árbol tradicional de esa región, de madera roja y muy dura, con la que los ingleses hacían los durmientes para el ferrocarril y que todavía están en uso. Un par de ranchos más por ahí medio escondidos en un monte degradado producto de la explotación insensata, algunos hornos para hacer carbón, dormidos, porque ya no hay con qué llenarlos, silencio, pobreza, la tumba de algún oficial militar que, en el siglo 19, combatiera a los indios. Solo queda la riqueza de las leyendas e historias del lugar. Las luchas con los indios, los “enterraos” como se llaman a las urnas funerarias en que se colocaban los indios muertos con sus riquezas y que se sepultaban profundamente. Y el monte. El monte que, aún degradado, sigue siendo un enorme misterio de miles de hectáreas. Siempre lo sentí protector, a pesar de sus espinas, de sus enormes víboras de cascabel y de las barcinas (como se llama a las Yararás, soberbia en guaraní) que allí abundan, de sus garrapatas que se suben a nuestra humanidad y nos obligan, al regresar, a la tarea de retirar, de nuestro cuerpo, una por una.
Por ese paraje anduvo mi padre, cuando pasaba películas desde un Land Rover con su amigo Tito Gomez Molina. Por allí anduve también yo, sin ánimo de emularlo. Me dedicaba a trabajar el campo y esta tarea me llevó allí.
Una vez, al llegar a Los Telares, localidad vecina unos 20 kms., mi padre le comentó a su amigo, al ver un camión cargado con leña: “ve amigo, se están llevando la sombra”.
La sombra, refugio esencial que nos brinda la tierra. El respiro, el descanso, el guarecerse de un ventarrón o de la llovizna, el fruto… Cuánto de padre y de madre tiene un árbol! Cuánto de útero fecundo, silencioso como él, tiene el monte! Viajeros, campesinos labradores, gauderios, valoran su sombra. Cuando aparece la necesidad del cobijo, lo primero que surge en nosotros es buscar un árbol de amplio follaje y cernido, si es posible.
Miro nuestros campos, despoblados totalmente de árboles y me pregunto: qué nos sucede? Creemos realmente poder prescindir de los árboles en el futuro?.
La sombra buena, la sombra fresca, la sombra rala, la sombra sobre el camino del guadal que se levanta al pasar, la del árbol que se estira sobre ese mismo camino al atardecer, la del monte que toma formas extrañas y fantasmagóricas cuando la luna resplandece, la sombra infinita de los montes sobre el horizonte cuando amanece; esas sombras pueblan con sus juegos nuestra vida. Siento la necesidad de los árboles y el impulso de rodearme de ellos. Me evocan historias y leyendas de esos y de otros montes y bosques, de carpinteros y sus gubias, de guitarras, de violines, de cellos y tambores, de músicas que están allí, esperando un corazón sensible que las descubra para sanar el alma de los pueblos.

Mi chacarera, Camino a Villa Quebrachos, solo pretende reflejar algo de ese paraje, tan caro para mí.

Roberto "Coya" Chavero

 

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