15/01 - De Potosí a La Paz (Bolivia)

Los coches directos Potosí- La Paz parten todos al anochecer y llegan la mañana siguiente temprano. No me sirven porque quiero viajar de día para ver el paisaje, además que el boleto es mucho más caro que por tramos. Partimos entonces, a las 09:00 por Empresa San Miguel hacia Oruro, con intenciones de trasbordar alli para la capital boliviana. Omnibus de un piso, tradicional, con ventanillas corredizas (total, aire acondicionado no existe). Anduve horas cabeza y brazo afuera para obtener cientos de fotografías panorámicas sin el obstáculo vidriado. Con la inevitable quemadura del sol y el aire frío...

Con rumbo NO bajamos por una quebrada durante varios kilómetros hasta volver a la altura promedio del altiplano (3.700 metros), que aqui es meseta despareja. Atrás quedan los más de cuatro mil de altitud potosina, que para el caso nada significan porque seguimos entre nubes y cerros. En efecto, el vehiculo sortea sucesivos cordones montañosos con vallecitos intercalados en reiterativo trazado de cuestas y bajadas, con zig zag, curvas y cornisas temerarias. Las volteretas aumentan el apunamiento de Marcela y terminan calando a la dura Silvia, que será la única vez en todo el periplo por tres países que se siente descompuesta.

La ruta Potosí- Oruro ya tiene varios años de rediseñada, ensanchada y asfaltada. Luce muy buen estado, demarcación y señalización. Serpentea entre paisajes de novela y por momentos nos transporta a un avión desde donde observamos planos desde arriba. Todos los colores, todos los cielos, todas las nubes, desfilan ante nuestros ojos. Empezamos a valorar la riqueza inmensa de este país, que trasciende sus tesoros minerales.

A un lado u otro del camino se observan asentamientos humanos, humildes ranchadas de paredes de adobe y techos de paja y barro que se camuflan con el entorno amarronado. En derredor, corrales de piedra, pircas que se extienden a la falda de los cerros, a veces hasta la cumbre cubriendolos de cicatrices. Son construcciones seculares. Además se ven huertos y pequeños plantíos, agricultura de subsistencia, que aprovecha huecos del terreno inclinado o nivelan con precarias terrazas, que tambien trepan a alturas increíbles, cuadriculando la montaña. Y el rebaño de ovejas, cabras y llamas, más alguna vaquita. Donde se localiza el ato hay alguien pastoreando o arriando a pie. Porque caballos no existen. En los mil kilómetros que atravesamos Bolivia no vimos un solo equino. No se adapta al territorio andino -me dicen- y pienso cómo hizo Pizarro para conquistar el incario con sus cuadrúpedos europeos. Tambien me acotan que pueblan el oriente boliviano: "¿Caballos? En Santa Cruz".

Cada tanto aparece algún caminante, pueblito o caserío y vuelvo a interrogarme cómo pueden vivir, desperdigados, en esas inmensidades desoladas.

El hombre del ande es el más perfecto infante y la ushuta, ojota o sandalia, su calzado. Semejan hormiguitas que salen de remotos agujeros y marchan por recónditos senderitos. La mujer con su atuendo típico: sombrero, manto sobre los hombros (y sobre éste, las infaltables trenzas renegridas), blusa, casaca y pollerones hasta el media pierna, tableados y repollados como si usaran miriñaque, y por lo general, con la cría en el aguayo a la espalda. Participan de todas las tareas rurales y citadinas, aún las más duras como el zanjeo o la cantera. Y parecen más numerosas y activas que los hombres, quizás por la notoriedad del vestuario (el marido viste sencillo, como cualquier trabajador del mundo). Pero se llega a suponer que en Bolivia trabajan sólo las cholas...

Son tímidos, chúcaros, cerrados, herméticos, duros, hoscos (siempre parecen antipáticos y alunados) y recelosos del blanco y extranjero. Se nota el resentimiento y actitudes cuasi racistas, discriminatorias. También el complejo de inferioridad. Consecuencia del rigor climático, el aislamiento mediterráneo y la derrota histórica, más la segregación, explotación y expoliación a que fueron sometidos por la conquista española y en los siglos subsiguientes.

No es fácil establecer comunicación y el inicio de la conversación debe partir de la más humilde actitud posible. En mi caso, criado entre las peonadas rurales y por provenir de Uruguay, país pequeño y respetado, pude allanar jugosos diálogos. Pero cuesta arrancarles palabra... Hablan quechua u otras lenguas originarias. Evo Morales es de los suyos, primera vez en la historia moderna que un indio llega al poder. Su popularidad es inmensa y parece inconmovible.

¡Ay con sacarles una foto! Se tapan u ocultan más rápido que el disparador de la cámara. Huyen despavoridos y putean si creen que les ganaste de mano. En Potosí, una chola vieja que ahondaba la canaleta de la calle me puso el pico en la frente; y otra, en la ruta, manoteó un puñado de piedras... ¡Creen que los vacías por dentro y sus almas se van con la imagen!

Sin embargo, en cuanto rascás la cáscara, aparece el cerno. Son seres nobles, leales, fieles, trabajadores y honrados. Tuvimos memorables encuentros donde comprobamos su cultura innata, el lenguaje castizo, la amabilidad y el buen trato. Un policía, por ejemplo, dictó cátedra acerca de su carácter de servidor público, conceptos que deberían aprender los milicos y empleados estatales rioplatenses que se creen patrones de los ciudadanos que les pagan el sueldo. Varias hilanderas y tejedoras mostraron su oficio a Silvia. Lo mismo, cocineras y dulceras. ¡Que rico el jugo azucarado por un durazno seco, remojado y depositado en el fondo del vaso!

Raza de color moreno-cobrizo, de baja estatura, manos y pies pequeños; complexión gruesa, fuerte; cabellos negros y abundantes, sin calvicies ni canas, lampiños; rostro cuadrado, ojos rasgados, pómulos salientes, nariz achatada (cara de torta frita); amplia caja toráxica por el aumento de la capacidad pulmonar para compensar la falta de oxígeno a esas alturas; magros de carnes, sin obesos, piernas tendinosas por el caminar y los repechos. La uniformidad racial es patente si comparamos con la disparidad cosmopolita del Plata. Por eso Bolivia es reservorio de identidad nacional.

Las cholas acuden como moscas (que tampoco existen en la altura) a la parada del ómnibus, ofreciendo sus productos. Están en la calle, plazas, terminales, esquinas, ferias, etc. El ambulantismo e informalismo, patrimonio latinoamericano, se debe haber inventado en Bolivia. Y la actitud belicosa se transforma en mendicante y cargosa, cuando no de conveniencia, porque si das alguna moneda, toleran hasta la foto...

Traspuestos las cordilleras internas, accedemos al represamiento de un río. El lago tiene agua apenas para alivio de algunos flamencos rosados y sus orillas señalan la bajante con marcas de niveles anteriores en la playa y las rocas peladas. La vida agoniza en el limo y sedimentos del fondo. Enseguida salimos a la planicie inmensa que se irriga cuando el depósito tiene con qué (es inminente la llegada de la estación lluviosa). Miles de casitas y fincas pueblan el escaso verde, los sembradíos y ganadería. Son los alrededores de Challapata, ciudad situada al lado del Lago Poopo, entronque de rutas, puerta al corazón altillano e inicio de la atapa más suave hacia Oruro. Ahora si estamos en otro gigantesco plato, libre de cerros, a no ser los que lo bordean.

A las 13:00 y por media hora paramos para almorzar en Challapata. Me manyo un guiso embolsado que adquirí en alguna parada anterior: charque de llama, fideos, chuño y papas, bien condimentado, sabe fuerte. El olor marea a Marcela y Silvia, descompuestas por la altura y el mate amargo (con yerba Canarias uruguaya) mañanero. El poblado es el reino del adobe, no se distinguen casas de humanos, tierra y polvo. El color terracota todo lo tiñe, menos los techos de chapa, plateados y brillantes al sol. El zinc mucho más práctico, poco a poco, sustituye al barro pajero. Claro que los interiores se conviertes en hornos de día y en verano y heladeras de noche o en invierno.

La ruta sigue casi recta por la altillanura, con el Lago Poopo a la izquierda, falto de agua, reseco, pista para las trombas de tierra que se arremolinan en el horizonte y alzan al cielo cual danzarinas humeantes; y con cerros al oriente, horadados por compañías mineras; en medio, minifundios con parcelas de alfalfa y forrajes para los animales.

Tras cinco horas de rodaje, estamos en Oruro a 3.702 m.s.n.m., ciudad de cuarto millón de habitantes, célebre por sus carnavales, diabladas y morenadas. Es la capital de la mineria nacional, zona franca, con vital incidencia en la economía boliviana. No sé si el sol aplastante, la tierra, el viento o el apuro, incidieron para impresionarme malamente y no pude adivinarle atractivos. A no ser los cerros del oeste en que se recuesta, excelentes miradores y por cuyas faldas se esparcen sus suburbios, cual favelas cariocas. Los ladrillos huecos cerámicos han sustituído definitivamente a los bloques de adobe. Son prácticos y buenos aislantes térmicos. Por eso las barriadas humildes de las grandes urbes están construídas con este elemento y su color naranja trepa la montaña, tanto en Potosí como en Oruro. El clima seco hace innecesario el revoque y quedan a la vista, en hiladas perfectas, a plomo, bien terminadas (los "bolitas" son consagrados albañiles). Otro hallazgo de paisaje urbano, inédito para nuestro ojo acostumbrado a la chatura rioplatense.

Conseguimos boleto para las 15:00 en medio de un maremarum de ofertas, buses, gentío y calor. El panorámico de dos pisos (novedad que es voceada a todo grito como la gran novedad) nos frita literalmente. Ansiosos aguardamos la partida y el encendido del aire acondicionado. Repleto, sigue apiñañdo pasajeros en el pasillo. Las cholas con sus bultos que arrastran y tironean en el pequeño espacio, arrasan con los sentados de ese lado... ¡Al fin arranca! Y nada de fresco, hasta que se apiada el guarda y abre las escotillas del techo (salidas de emergencia) y sopla el alivio. El aire acondicionado es existe en Bolivia, definitivamente. Al igual que el bidet que no encontramos en todo el periplo (las cholas tienen fama de hacer sus necesidades en cualquier lado, con sólo agachar el repollo...)

Atrás la ciudad-polvareda, enfilamos a La Paz. En construcción la doble vía para la moderna autopista que unirá ambas urbes centrales. Y las cañerías paralelas de dos gasoductos inmensos, que nos recuerdan la riqueza gasífera del país, proveedor de Argentina y Brasil. A derecha e izquierda se acentúa la aridez y nos persiguen remolinos de tierra que bailan en la monotonía desértica. Al este la tormenta oculta la Cordillera Real. El emblemático Monte Illimani de 6.462 metros, queda tras la cortina nubosa.

Tres horas después nos internamos en el tránsito intrincado de El Alto, la zona más populosa de la Paz, que se denomina así por situarse al filo de los cuatro mil metros. Extensisimas barriadas pobres se esparcen por el altiplano hasta caer por el precipicio a la hollada paceña. La capital de hecho de Bolivia es un embudo gigante, un perfecto anfiteatro griego. La platea es ocupada por el caserio color ladrillo que ocupa el faldeo montañoso; el valle, cual escenario central, aloja el casco histórico, los edificios públicos, los rascacielos y los barrios residenciales. Lo que fue el río de la quebrada hoy es la principal avenida, la Mariscal Santa Cruz, El Prado y el Parque Central. Es una ciudad de planos inclinados, cuya accidentada geografía le confiere encanto singular y convierte en una de las capitales más bonitas de América. Está a 3.640 m.s.n.m. y la habitan dos millones y medio de personas.

Tras bajar por la avenida que viborea en zig zag, a las 19:00 aterrizamos en la terminal de buses, el centro de pasajeros más importante del país. Con la guía de don Vargas (85), músico bandoneonista que conocimos hace un rato, conseguimos hotel "económico y decente", El Mirador, Avenida Perú por medio. La lluvia llegó con nosotros. Y puso nota brillante a la luminaria cerrense que vemos desde el cuatro piso, absortos por la millonada de luciérnagas encendidas.

El amanecer nos encuentra de pie y contemplamos extasiados las balconadas cerreñas. Las nubes cubren sus crestas al oeste y la cordillera al este. No llueve y el sol se insinúa. La temperatura no supera los 3º. Marcela sigue descompuesta, prefiere descansar y hacer su "city tour" más tarde.

Caminamos a la Plaza Murillo, centro neurálgico, y allí nos encuentra la salida del astro rey, a las seis y minutos. Domingo, además. Todo para nosotros... Inspeccionamos sus cuatro costados, la Catedral, el Palacio Quemado (sede del Poder Ejecutivo) y el Palacio Legislativo (Congreso Nacional). Al centro de la manzana, el monumento a Pedro Domingo Murillo (1757-1810), patriota altoperuano y precursor de la independencia de Bolivia. Sobre la vereda sur, en el sitio donde fue colgado de un farol, está el busto de Gualberto Villarroel (1910-1946), presidente reformista intolerado por la oligarquía local. En derredor del círculo central, inmaculadas estatuas de mármol, a la Primavera, Verano, Otoño e Invierno. Y a la Arquitectura, Escultura, etc. Y árboles podados, canteros floridos, césped verdoso y bancos lustrosos, iguales a los de Villazón o Potosí (que en Buenos Aires ya habrían alimentado algúna fogata protestona). No podemos menos que admirarnos ante la limpieza, el orden, colorido natural y la pintura reluciente de los edificios públicos. Pensamos en la Plaza de Mayo de Buenos Aires o la Independencia de Montevideo y sentimos verguenza por el vandalismo salvaje que las afecta. Aquí nadie daña un monumento, arranca placas de bronce, roba los bancos o pintarrajea las paredes. El ciudadano boliviano, aún el más humilde, considera patrimonio propio estas reliquias. Otra riqueza de los más pobres del continente (así se lo hago saber a la guardia palaciega, se les humedecen los ojos y me estrechan la mano...).

Recorremos los alrededores, visitando las iglesias de La Merced, del Carmen, San Francisco y San Agustín, bellas muestras del arte arquitectónico colonial, neoclásico y barroco. Todas guardan obras de maestros de la pintura, ebanistería, platería y orfebrería aurea. La misa revela la fé católica predominante. También el Palacio Consistorial, sede de la Municipalidad de la Paz, de cuyo Alcalde (Luís Revilla) escuchamos buena opinión sobre su gestión. La convulsión nubosa deja entrever al nevado Monte Illimani, amo y señor de La Paz. ¡Lo que debe ser en días despejados!

Descendemos varias cuadras en declive pronunciado hasta el Monumento al Soldado Desconocido en el canalón central paceño. Seguimos la Mariscal Santa Cruz al este y su continuidad El Prado, boulevard obra maestra de la jardinería y los arreglos florales. Se suceden canteros con figuras geométricas, guardas, bandas, corazones, animales, trabajados al detalle con distintas plantas y pastos. No hay palabras para describir tanta belleza y calificar el ingenio de los municipales jardineros. Como tampoco para significar el comportamiento colectivo. Nadie arranca una flor, toca una planta, pisa el césped, tira un papel... Todos parecen orgullosos de "su" obra. ¡Quizás en Versalles pueda verse cosa semejante! La arboleda, fuentes, estelas, monumentos y bancos completan y realzan este acogedor cuadro urbanístico, presidido por la figura de Simón Bolivar a caballo. Entre paréntesis: cómo hacen los bolivianos para que las esculturas estén siempre lustrosas y patinadas, sin ese tono desidioso de bronce oxidado, envejecido. Cubiertas de bosta de paloma, encima....

El Prado termina en la Plaza del Estudiante, en cuyo centro se emplaza el monumento ecuestre a Antonio José de Sucre, "El Gran Mariscal de Ayacucho", venezolano y padre de la independencia de Bolivia. Su rotonda distribuye el tránsito en por lo menos seis direcciones. La avenida central continúa al este tras bajar un escalón y empieza a ser atravesada por puentes colgantes que unen el sur y el norte de la ciudad. Al Puente de las Américas acaba de sumarse el complejo de tres tramos, denominado Puente Trillizo.

Aqui nos desviamos al norte por calle Tiwanaku que tras una cuadra larga, concluye en escalinata que desciende la equivalencia de cinco o seis pisos. Es el mismo fondo del valle que se corre unos cientos de metros y continúa descendiendo, con el río entubado abajo (no quiero saber qué sucede en caso de lluvias torrenciales y aluviones). Se nos abre otro anfiteatro natural dentro del mayor, con una explanada municipal, juegos infantiles, baños públicos y el teatro al aire libre. Este ofrece en sus paredes una obra que envidiarían los muralistas mexicanos (es una constante esta de toparnos con el arte en las paredes). Es el extremo del Parque Central Laicakota. Mas allá, al este, el observatorio de la ciudad lo corona. Enfrente, hacia el norte, las casuchas se apilan cerro arriba. El guardia de seguridad del edificio costero nos da detalles del lugar, cual guía turístico, amabilísimo.

Hasta ahí llegamos. Pegamos la vuelta por arriba, bordeando el anfiteatro. El Museo Arqueológico, con decoraciones y figuras tiwanakotas está en refacción e inhabilitado a las visitas. Entramos al Mercado Camacho, recientemente reinaugurado. El edificio, diseño e instalaciones es lo más moderno que podamos imaginar. Aprovecha los desniveles del terreno, tal que su terraza es plaza pública al nivel calle. Abajo se ofrecen carnes, fiambres, panadería, almacen. En el segundo nivel, frutas, verduras y hortalizas. Y en el tercero, a la altura de la explanada abajeña, otros rubros.

Con tormenta en ciernes, apuramos el tranco por la Camacho, otra arteria importante que confluye con la Santa Cruz. Llegados a la Plaza y Templo de San Francisco, quebramos calle arriba a la Murillo otra vez. El chaparrón nos obliga a refugiarnos en el atrio de la Catedral Nuestra Señora de La Paz. También interrumpe los preparativos para el cambio de guardia presidencial.

Nos metemos entonces en el Museo Nacional de Arte que recorremos extasiados durante una hora. Instalado en un palacio colonial cuyas salas se disponen en torno al patio central, alinea en sus cuatro costados, galerías con columnata y arcos superpuestos en tres plantas. Atesora la más vasta y formidable colección pictórica de las escuelas paceña, potosina y cusqueña. También la sala de cuadros de la época independentista y republicana; la muestra de pintores y escultores contemporáneos; arte abstracto; y el altar y retablo religioso tipo, repujado y tallado en pan de oro, barroco puro.

Ya es mediodía, debemos dejar el hotel y marchar a Tiwanaku. Pero en la Plaza Murillo ahora abarrotada de público (cesó de llover), se suceden las evoluciones castrences de los Colorados de Bolivia, regimiento escolta presidencial. Por quince minutos asistimos al marcial, apuesto y colorido cambio de guardia, animado por el son de marchas militares americanas.

Crónicas de viaje (III)
Schubert Flores Vassella

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