“El Monte de los Mil Pinos”

Voy a hablar de un viaje, tal vez del primer viaje que hizo al oriente.
Hace muchos años Don ATA, cuando lo invitaron a conocer esos misterios y esas maravillas antiguas, el Japón por ejemplo, estuvieron cien días oyendo hablar a la gente, cien días callados, cien días de silencio condenado a un silencio obligado, con un ingles de naufragio, muy mal hablado de su parte, y luego lo salvaron los libros, sabia que debía guardar silencio mucho tiempo, entonces se preparo ¿que llevo?
En sus valijas ¿que llevo? El Quijote, llevo a Cervantes claro, llevo La Odisea, ahí se entretuvo cien días, curioseando otras cosas, preguntando, siempre preguntando y le toco aparecer un día, entre cincuenta y dos cincuenta y tres parajes que recorrió de Japón, le toco recitar en un paraje, en un monte que  se llamaba, Sembomátsu-Bára “El monte de los mil pinos” Ahí fue y se encontró con un personaje del cual hablaremos, les contare algunas cosas. Año 1964, caminando solo un criollo por esas maravillas lejanas solitarias del Japón, del oriente, cien días. Este es el lago sagrado de claras aguas, una suerte de colinas y cerros. El lugar, las palabras y el color de las ropas, todo esta determinado por un antiguo ritual, quizás por ello una noche en Sembomátsu-Bára, murió el último poeta, pasada la tragedia de la guerra, Boksuí volvió a la aldea, como era leñador volvió a su viejo oficio ritual, antes de herir a la madera, se abrazaba al árbol y besaba la corteza.
Cargaba un viejo carro y repartía la leña, y al pasar por una imprenta de un amigo, dejaba un poema. La guerra había traído pobreza a la gente de la aldea, no podían pagar la mercancía. Boksuí que dijo “no importa”  siguió atendiendo a sus clientes y haciendo poemas, mirando las brumas, viendo a lo lejos los techos con breve chimeneas, el humo era el alma de sus pinares, el rigor de sus manos, el hachazo del hombre en la primera luz de la mañana. Ya no tenía tabaco para su pipa, su cajón de legumbres estaba vacío. Pero Boksuí pensaba en los vecinos, en los niños, en los ancianos, el invierno de bravos vientos con mucha nieve. Un medio día bajo a la ciudad con su carro cargado de astillas (era su último viaje) y el quizás lo sabía, al pasar por la imprenta dejo su último poema:

¡Cuantos montes tendré que atravesar, cuantos ríos, cuantos lagos, para llegar al fin a una región, donde no tenga cabida la tristeza!

Los aldeanos lo encontraron muerto sobre su tatami, en su fogón…, no había rastros de leña quemada, todo lo había dado sin esperar nada.
Todos los años, al cumplirse un aniversario, van a la choza de Boksuí los poetas, los pintores, los aldeanos, allí encienden el fogón y cantan alguna canción. Don Atahualpa. Hubiese querido cantar esa tarde, pero apenas pude cajonear una vidala sin palabras, una vieja vidala litúrgica…

¡LLORAN LAS RAMAS DEL VIENTO!

 

Por Alfredo Mateo
www.lacapataza.blogspot.com

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