VÍCTOR LEDESMA

Extraído del diario La Mañana (Neuquén) - 14/07/2009

Muy adentro 'el corazon
donde palpita la vida,
siento como un comezon;
Hai' ser mi prenda querida!

El triste adiós a Víctor Ledesma

El reconocido autor e intérprete de música folklórica murió ayer por la tarde en la capital neuquina. Llevaba más de cincuenta años radicado en la provincia.

Nacido en Santiago del Estero, pocos meses atrás había festejado su cumpleaños número 100. En 1995 fue distinguido en el Deliberante.

Neuquén - “Era un tipo muy tranquilo, muy observador. Y tenía esa modorra típica de los santiagueños, esa pasividad que tienen. Era un tipo que te escuchaba, muy sabio. Era de pocas palabras. Pero cuando lo hacía, tenía una madurez musical que te hacía crecer muchísimo”. Así definió Jorge Enei a Víctor Ledesma. Juntos trabajaron en “Toda una vida”, el disco que se editó en Neuquén y en el que el músico recorrió las canciones que nunca había grabado.
En la tarde de ayer, en el clima seco que había elegido murió Víctor Ledesma. Nacido en Santiago del Estero un 27 de abril de 1909, fue un reconocido autor e intérprete de música folkórica nacional.
Su carrera comenzó desde muy joven, cuando a los 16 años partió de su Santiago natal rumbo a Buenos Aires junto a Ramón García. Trabajaron en un varieté cantando y tocando la guitarra. Allí, bailaban a dos pesos por noche para poder subsistir en las calles porteñas. Al poco tiempo se integró al conjunto nativo que dirigía Saúl López Figueroa en ese entonces y también se unió a una compañía teatral con la que representó obras gauchescas en el teatro Ópera porteño.
Entre sus incursiones artísticas, integró un dúo de danzas con el primer bailarín de la compañía de Andrés Chazarreta, Pedro Jiménez. También actuó en el teatro nacional con la compañía de Enrique Muiño Alippi, junto al maestro Julio De Caro. En aquel espectáculo, cerraban cada presentación con un número de malambo santiagueño.

Encuentro
Su gran compañero artístico fue Rodolfo Martínez, el reconocido cantor de tangos. Juntos, recorrieron gran parte del país y de América durante casi 45 años.
En uno de los regresos a Buenos Aires, en 1935, participaron de la inauguración de LR1 Radio El Mundo, en la calle Maipú 555. A partir de ese momento, actuarían durante nueve años como número estable de la emisora.
Durante algunos años recorrieron América junto a la empresa Toddy y a través de diversas presentaciones radiales consiguieron una gran repercusión popular que los llevó a grabar su primer disco con RCA Víctor.
Entre otras anécdotas, Victor Ledesma actuó para Igor Stravinsky en una noche donde también actuó Atahualpa Yupanqui. También actuó en reiteradas oportunidades en la Casa Rosada. Entre el público de aquellas presentaciones estuvo alguna vez Raúl Alfonsín. Además, actuaron en la quinta presidencial del Olivos para Juan Domingo Perón y Evita.

Alto Valle
En 1963, el dúo Martínez Ledesma fue contratado para realizar una serie de presentaciones en el Alto Valle de Río Negro y Neuquén. Fue allí cuando quedó impactado por estas tierras. “Se enamoró de Neuquén. Llevaba más de cincuenta años viviendo acá. Se cansó de las giras y un día, de paso por estas tierras, se enamoró del clima. Sufría de los huesos y no soportaba la humedad de Buenos Aires. Era la época que estaba dejando de cantar con Martínez y eligió a Neuquén para disfrutar del resto de su vida”, recordó Enei.

Diosquierita cuando muera
que un viejito violinero
me lo toque chacarera
de mi pago salavinero.

Danzas
Se radicó en la provincia y, en menos de un año, comenzó a enseñar danzas folklóricas y guitarra. Sin embargo, a los pocos años se fue a vivir a Mar del Plata para reeditar así el dúo con Martínez. Fue en esa época que el dúo grabó por última vez, con la dirección de Carlos García. Además, juntos participaron en la película “El canto cuenta su historia”.
En menos de dos años, Ledesma volvió a Neuquén. Esta vez, para siempre. En 1971 dirigió el ballet folklórico juvenil, auspiciado por la Dirección de Cultura de Neuquén. Más allá de su gran carrera como músico, Ledesma fue autor de numerosos temas. Entre ellos, la “Zambita de Neuquén”, cuya letra pertenece al ex locutor de LU5 Juan Carlos Passalacqua.
En Neuquén, recibió numerosas distinciones. En 1995 fue honrado por el Concejo Deliberante capitalino como ciudadano ilustre. Al mismo tiempo, Sadaic lo galardonó por su labor en la difusión de la música neuquina. En 2000 fue distinguido por la asociación Personajes de mi Ciudad. En aquel momento, cantó, tocó y hasta bailó con una ex alumna.
En esta provincia editó un disco: “Toda una vida”. “Le pusimos así porque quiso editar las canciones que nunca había grabado y que el trajo de otros lugares como Venezuela, Cuba y Puerto Rico, entre otros. Fue un orgullo hacerlo. Es que, en palabras de él, nunca las había grabado. Tuve esa enorme satisfacción, la alegría que don Víctor eligiera mi propuesta para su primer disco solista”, recordó Jorge Enei.

Anoche, antes de dormirme
debajo e' un cielo nublado,
de pensar en tus ojitos
vi todo el cielo estrellado
Cuando pase por su rancho,
muy cerca 'e la madrugada,
machadito con aloja,
lei' cantar una vidala!

(texto final trasncripto por Catato Díaz de un libro de Victor Ledesma)

EL PATRÓN

por Víctor Hugo Ledesma,  Santiago del Estero

Era una estancia muy grande. Nadie sabía a ciencia cierta cuántas hectáreas la conformaban. Todos aseguraban que era tan grande que llegaba al río, y que hasta el río era de propiedad del Jefe como algunos le llamaban al dueño.

El casco era muy elegante y con todas las comodidades, con una casona estilo colonial español, que combinaba madera, hierro y mampostería blanca. A una distancia de mil metros, recién estaban los ranchos de los peones o como el Patrón los llamaba, mis campesinos.

Durante muchos años, más de cincuenta, los primeros peones trabajaron de sol a sol a las órdenes del Jefe, y lograron buenas producciones: algodón, maíz, tomate, cebolla, y toda verdura conocida. También se hacían quesos de leche de vaca y se faenaba hacienda de buena calidad. Esa prosperidad permitió que gracias al Jefe pudieran construir sus casas y tener sus familias.

Todos tenían un agradecimiento y devoción por el Patrón que casi llegaba al fanatismo.

Pasó el tiempo y los peones tuvieron hijos y nietos, y si bien todo era tranquilo, los más jóvenes sentían que no estaban a gusto en ese lugar.

El Jefe era bueno porque les prestaba la tierra en la que tenían sus casas, les daba el trabajo y hasta la escuela. Claro, que había reglas muy estrictas, las que siempre fueron cumplidas. Nadie podía pensar en las soluciones a los diferentes problemas que se presentaban, sólo el Patrón podía hacerlo y dar las órdenes.

Recuerdan que una vez a un peón se le ocurrió plantar estacas de olivos, pensando que algún día sus hijos podrían disfrutar de ese fruto tan rico, o tal vez, si la cosecha era abundante, venderlo. Las estacas eran muchas, las había conseguido de un vecino, cuando tuvo que buscar a un toro cojudo durante seis días, y llegó a lugares desconocidos, en los que vio cosas y personas diferentes. Le pareció que vivían mejor que en la estancia.

Cuando el Patrón se enteró, por supuesto nadie salió en defensa del peón, al contrario, todos lo catalogaron de traidor y desagradecido. Una a una se sacaron las estacas y las quemaron. El reto, fue feroz y la vergüenza familiar duró años, hasta que un día el Patrón los perdonó.

Los peones viejos, sus mujeres e hijos nunca se animaron a desairar al Jefe, por que reconocían su inteligencia algunos, otros, por temor al castigo, y la mayoría por comodidad, por indolencia.

Entre los nietos y bisnietos la cosa era diferente, durante las horas de trabajo conversaban con disimulo evitando ser escuchados por sus padres y abuelos, pero los jóvenes no todos estaban de acuerdo en la crítica, unos evitaban hablar, otros eran temerosos, y la mayoría indiferentes.

Los que pensaban se sentían solos, pero no se rendían, al contrario consideraban que los que no estaban con ellos, eran débiles y confundían el agradecimiento con la esclavitud, términos estos que aprendieron en la escuela, cuando el maestro les permitió leer los libros de la biblioteca.

Las reglas se convirtieron, con el tiempo, en hábitos, costumbres, leyes no escritas, en pautas culturales. Los peones en su gran mayoría no discutían las bondades o perjuicios de las reglas, estaban tan convencidos del valor de las mismas que ya no era necesario que el Patrón las controlara, ellos mismos las hacían cumplir, pero el castigo siempre lo determinaba el Jefe.

Y el tiempo siguió pasando y los peones estaban tranquilos por no pensar, los problemas siempre eran solucionados por el Jefe.

Un día un jovencito de doce años hizo un dibujo o plano de lo que él consideraba un canal de riego, el que saliendo del río, por pendiente natural, llevaría agua a todas las casas, evitando el traslado del líquido en bordalezas o tachos con burros o mulas, a los calicantos de sus ranchos. A la casa de Patrón no era necesario porque tenía aljibe, que se llenaba con el agua de lluvia que recogía el techo de tejas, único de material que había en la estancia, pues los otros en su totalidad eran de tierra.

La gente se entusiasmó, pero, los más viejos se manejaron con mucha cautela, había que consultarle al Patrón. Se formó una comisión en la que por supuesto estaba el niño autor de la idea. El Jefe los atendió y ofuscado después de escuchar los pedidos, con lágrimas en los ojos les reclamó el porqué de la desobediencia, sobre todo a los más viejos. Sus órdenes  desde un comienzo fueron claras, nadie debía pensar soluciones.

Pasados unos días reunió a todos los peones y les dijo, que él ya había pensado mucho antes en la solución a ese problema, pero como castigo por la traición, no se llevaría a cabo hasta que los perdonase, y recién consideraría su idea.

Los jóvenes pensantes estaban muy preocupados porque la familia del niño inventor, se desmoronaba. Por un lado apreciaban a ese hijo que parecía inteligente, y también sufrían el tormento de haber traicionado al Patrón. Había que hacer algo rápido, si no los pocos que pensaban se pasarían al otro bando y todo estaría perdido.

Una noche calurosa, que no permitía dormir, juntó a unos pocos rebeldes y entre tema y tema, se animaron a elaborar un plan de protesta. Como primera medida había que comprometerse a no contar a nadie lo conversado, luego, todos serían los responsables ante las consecuencias negativas.

El plan se fue armando despacio y en cada paso, el consenso era mayor. El Patrón tenía que entender que estaba equivocado y debía permitir pensar a los peones, ya que si él no estaba, podían pasar cosas lamentables, al no tener las soluciones. Entonces para hacerle dar cuenta de esto, tenían que generar un inconveniente en el cual quedase demostrado la necesidad de que alguien más pensase. Como era época de seca, había abundante cantidad de ramas y hojas, en los patios de la casona, que caían de los árboles que daban sombra en ese lugar. Si se producía un fuego alrededor de la casa, seguramente con el agua del aljibe se iba a demorar mucho para apagarlo, y así tal vez, el Patrón recordaría la idea del canal, aceptando íntimamente que los pensamientos, que él no los consideraba, igual existían, y por lo tanto ahora debía tenerlos en cuenta.

La siesta era un momento de descanso, casi nadie se animaba a enfrentarse al calor. Los pensante prendieron el fuego según lo planeado, y rápidamente se concretó la idea. Todo iba bien, los peones de la casona se alarmaron y a los gritos despertaron al Patrón. Las órdenes fueron claras, sacar agua del aljibe y apagar el fuego, y como este era pequeño, el Jefe volvió a su cama a descansar.

Los peones no advirtieron que una brisa llevó chamizas al interior de la casona. Mientras ellos se preocupaban por el incendio de afuera, se producía otro mucho más grande adentro. Cuando se percataron de ello, nuevamente a los gritos, preguntaban al Patrón qué iban a hacer, y este ahogado por el humo, no contestaba. La casona era un solo fuego y los peones esperaban inmóviles las órdenes que no llegaban. El Jefe asfixiado, no podía gritar. No entendía porqué los peones no entraban a la casa con los tachos con agua para apagar el fuego. A medida que pasaban los segundos todo se hacía más difícil.

Un peón, desesperado por lo que sucedía dijo: -hay que llamar a los pensantes para que nos digan qué hacer, y salió corriendo en su búsqueda. Cuando volvió el fuego ya había destruido todo.

Con el paso del tiempo la estancia se dividió en fincas, en las que cada peón tenía su casa. Unos esperaban que un nuevo patrón los convocase a trabajar para él, otros subsistían con la ayuda de los vecinos y con algunas changas que realizaban. La mayoría se reunían en diferentes grupos, a pensar cómo ayudarse entre ellos. Los pensantes formaron al poco tiempo una cooperativa. En algunas ocasiones cuentan los vecinos, que cuando se reúnen en bautismos cumpleaños, casamientos o velorios, siempre los “campesinos de la estancia” hacen la misma referencia: “ el Patrón con el silencio nos ordenó su muerte”.

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