Hilda Herrera: "A Yupanqui hay que leerlo"

(nota extraída de la versión digital del diario La Voz del Interior)

La pianista y compositora Hilda Herrera recuerda a Atahualpa, al hombre y al artista, a 20 años de su muerte.

Por Santiago Giordano 23/05/2012 (Diario La Voz del Interior, Córdoba)

Como suele suceder con las grandes obras y sus artífices, las miradas posibles para tratar de abarcarlas son múltiples. Por la potencia de su tarea creativa, a 20 años de su muerte Atahualpa Yupanqui sigue siendo en muchos sentidos un enigma, aun si parte de su obra, en especial algunas de sus canciones, circulan y hasta superan a su creador, y van y vienen por el "de boca en boca", de la manera que para el mismo Yupanqui era el punto máximo al que podía aspirar un creador popular: como si fueran anónimas.

Hilda Herrera habla sobre Yupanqui, sobre la obra y la persona que conoció y trató durante toda su vida. Pianista compositora de algunas de las obras más hermosas de nuestro cancionero -Zamba del chaguanco y La diablera, ambas compuestas junto a Antonio Nella Castro, por citar dos de las más celebradas- Hilda es además una refinada cultora de la música de Yupanqui.

Su trabajo Yupanqui en piano, un disco de 2000, es otra constatación de la profundidad de Atahualpa, de un espíritu que puede materializarse sin perder esencia en las más sólidas interpretaciones. La fecunda tarea de Hilda al frente de Creadores e Intérpretes de la Música Argentina en Piano(Cimap) hace que por estos días todos sus alumnos, pianistas de excelente formación técnica que se especializan en la música argentina, estén trabajando sobre Yupanqui, en vista a las presentaciones que serán dedicadas a la música del autor de El payador perseguido. Conciertos en las que además se estrenará Baguala nomás, una zamba compuesta por Hilda sobre versos que Atahualpa le entregó poco antes de morir, hace 20 años y que recién ahora se anima a mostrar, "empujada" por sus alumnos.

"En nuestra cultura algo que tiene más de 50 años es considerado viejo -comenta Hilda-, eso es peligroso y en este sentido Yupanqui es un caso emblemático. La gente grande, que lo conoció más directamente, lo recuerda, lo quiere y lo valora. Pero mi preocupación pasa por los jóvenes, dónde vamos con ellos, de qué manera se mantienen y en muchos casos se recuperan los bienes artísticos para que también ellos los puedan conocer y disfrutar".

-¿Creés que existe hoy una idea acabada acerca de la obra de Yupanqui?
-Ojalá me equivoque, pero siento que a Yupanqui hoy no se lo conoce como se lo debería conocer. Sobre todo como escritor, como pensador, como conocedor. Como artista amplio, con una posición filosófica muy clara y decidida. Atahualpa fue un hombre muy profundo, que trasladó a su prosa la austeridad del cancionero, que tomó como objeto de su obra la personalidad del criollo, del hombre de campo, de la gente de trabajo. Hay que escucharlo, pero también hay que leerlo. Es una prosa poética que logra simplicidad y profundidad, que no es difícil de entender, porque es directa, como directo era él en la vida.

-Por esa simplicidad, entre otras cosas, su obra no pierde potencia con el paso del tiempo...
-Claro. Atahualpa no miraba al pasado con nostalgia. Reconocía la tradición, por supuesto; pero no una tradición a ultranza, vacía. De otra manera no hubiese sido comprendido fuera del país, donde llegó a ser muy admirado. Él era un lector de Unamuno y sabía muy bien qué quería decir la famosa frase de pinta tu aldea y describirás el mundo. En este sentido era un tipo de mundo y se encontraba bien en cualquier lugar. Extrañaba, claro, pero como buen caminador seguía el camino.

-¿Por qué creés entonces que eligió Francia para vivir, por lo menos parte del año?
-Vivía en Francia por razones de trabajo. Acá trabajaba poco y el gran reconocimiento lo tuvo fuera de nuestro país. Fijate que había establecido un hermoso diálogo con Japón, por ejemplo. Decía que si pudiese elegir vivir en un lugar que no fuese la Argentina, elegiría Japón. El sentía que allá lo entendían perfectamente. Una vez me trajo un libro con canciones milenarias japonesas transcriptas para piano y me dijo: "Fíjese, tóquelas un poco y se dará cuenta que algunas tienen los giros de las vidalas nuestras".

Buen humor
La charla continúa, como posiblemente en este mismo momento en otros lugares del mundo continúan otras charlas sobre Yupanqui, acaso tratando de atrapar las múltiples aristas del hombre y el artista. "Atahualpa no era un tipo optimista -continua Hilda-. Una vez, de visita en casa, en medio de la cena largó una frase que a todos nos dejó pensando: 'Se está muriendo el alma de los pueblos'", dijo. Esa frase me quedó marcada. Y no se refería a nuestro pueblo en particular, sino a todos los pueblos. Creo que más profundamente se refería a la posibilidad de sentirse de un lugar, de identificar como propio un terruño. Había mucho de verdad en eso.

-Pero más allá del pesimismo Atahualpa era hombre de buen humor...
-Su sentido del humor era finísimo y hasta por ahí llegaba a ser un hombre bastante malo. No te digo de un humor negro, pero sí muy ácido. Un ‘mal llevao', como dicen en el campo. Lo saben los colegas que fueron objeto de sus bromas. Pero sustancialmente Atahualpa era un hombre muy divertido. Podías pasar horas hablando con él, justamente por eso, porque su charla nunca resultaba pesada, porque como buen conversador, sabía matizar.

-¿Qué era lo que más te impresionaba de su persona?
-Su imponencia. Su presencia daba una sensación de solidez, de hombre seguro. Eso era impresionante. Él siempre sabía muy bien con quién estaba conversando. Le bastaba poco para encuadrar a su interlocutor. Decía que para considerar a una persona la primera impresión era muy importante. No era un tipo fácil, seguramente, pero te repito, de un gran sentido del humor. Te cuento una anécdota, que recuerdo siempre y no deja de maravillarme...

-Por favor...
-Volvíamos del Cerro Colorado para Capilla del Monte en el Citroën de Ata. Íbamos él, Tucho Spinassi y yo. Era enero y hacía un calor impresionante. A la altura de Jesús María encontramos sobre la ruta una de aquellas almacenes bien de pueblo y paramos para ver si nos daban algo de comer. Entramos y en la penumbra del almacén en la siesta nos atiende una mujer. Ata le pregunta si había un poco de salame, un vinito, un queso. La mujer le dice que sí y lo miraba. Nos sirve la mesa y no dejaba de mirarlo. Después aparece el marido y los dos, con lo ojos como platos, mirando a Yupanqui. En eso ya nos estábamos por ir y el hombre se anima y le pregunta: ‘usted es...' Y Ata, sin dejarlo terminar la pregunta le responde con gran seguridad: ‘Si, soy yo, Eduardo Falú".


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