Yupanqui merece un mejor reconocimiento

Extraído de la versión on-line del diario La Gaceta (Tucumán)

Alguien sostiene que es la amnesia del corazón. Otro que es la peor enfermedad del corazón. "Recogéis un perro que anda muerto de hambre, lo engordaréis y no os morderá. Esa es la diferencia más notable que hay entre un perro y un hombre", sostenía el escritor estadounidense Mark Twain acerca de la ingratitud. Esta falta de reconocimiento suele ir de la mano con el olvido. Hay sociedades que se sienten orgullosas de sus artistas porque son sus embajadores culturales, mientras otras incurren en la desconsideración o en la indiferencia.

Se cumplieron ayer 20 años de la muerte de Atahualpa Yupanqui, considerado el Padre del Folclore. Héctor Roberto Chavero, tal su verdadero nombre, llegó por primera vez a Tucumán con sus padres y hermanas en 1917, cuando apenas tenía nueve años y se enamoró de esta tierra que no lo soltó. Desde entonces y hasta su partida, ocurrida el 23 de mayo de 1992 en Nîmes, Francia, el trovador de las cosas olvidadas fue acompañado por Tucumán en sus sueños, su canto y sus pensamientos. Más de dos decenas de piezas le dedicó a esta provincia, cuya geografía recorrió a caballo. Tanto era su apego que tuvo un rancho en Raco y hablaba con orgullo de su tucumanidad. Pero no sólo con zambas le pagó a esta tierra, sino también con historias, poemas y citas que incluyó en su producción literaria. Con el tiempo, "Luna tucumana" se convirtió en una suerte de himno del folclore.

Sin bien la muerte lo sorprendió en Francia, cuando el 8 de junio de 1992 sus cenizas llegaron a su querencia en Cerro Colorado, sólo dos tucumanos estuvieron presentes (los músicos Luis y Federico Nieva), mientras Córdoba estaba representada por su gobernador. Sólo un pasaje en el Barrio San Martín recuerda a Yupanqui en San Miguel de Tucumán. Acheral ha sido, por cierto, mucho más generoso y le ha dedicado un museo, por aquello de "Con esperanza o con pena en los campos de Acheral, yo he visto a la luna buena besando el cañaveral".

Sus diez libros (poemas, novela, relatos) son prácticamente desconocidos por los tucumanos, son inhallables en las librerías y no son objeto de estudio en ningún ciclo educativo. Tanto así es que el vigésimo aniversario de su muerte ha pasado inadvertido en el Mayo de las Letras, que se lleva a cabo en nuestra ciudad.

Sería más que positivo si su obra fuese difundida y estudiada en la primaria o en las carreras de Letras de la UNT y de la Unsta, en institutos de formación docente. Sería un acto de justicia si alguna avenida o paseo público llevara su nombre o se erigiera un monumento y se lo emplazara en un lugar concurrido.

Una suerte parecida podrían tener distinguidos poetas tucumanos, cuya obra merece editarse y divulgarse en los ámbitos educativos, como el monterizo Manuel Aldonate, "Lucho" Díaz -vivió la mayor parte de su vida en Bella Vista-, José Augusto Moreno -cuyo libro de coplas lleva un prefacio de Yupanqui-, María Elvira Juárez o Manuel Serrano Pérez, que acaba de cumplir 95 años.

La ingratitud con los escritores y artistas es tal que, por ejemplo, en septiembre de 2010, el Concejo Deliberante capitalino sancionó la ordenanza por la cual se creó la "Distinción y reconocimiento a la trayectoria artística" con carácter de premio vitalicio, pero hasta la fecha no fue reglamentada por el intendente.

"Siempre vuelvo a Tucumán", repetía don Ata. "De gente bien nacida es ser agradecido", decían los abuelos. Deberíamos recordarlo.

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