19/01 - El lago Titicaca

Al amanecer del 18º día de viaje, nos movemos de Tiwanaku en medio de los aullidos del gatito "Pepe" que no quiere quedarse. Saldamos la pensión (150 bolivianos= 22 dólares por dos noches) y caminamos enmochilados rumbo a la ruta principal. Cielo nuboso y temperatura bajo cero, muy frío. Paralelo al acceso un pastor muda de campo su rebaño de llamas y asnos. "Arriamos" un rato y conversamos con él: procura mejores pastos, si así puede llamarse a las salpicaduras de matorrales y pajizos duros que afloran en medio de los peladares. Los animales mascan son cesar y "posan" para las fotos. El hombre es la imagen viva de la pobreza en lucha perpetua por el sustento diario, requemado de soles y heladas.

Por la radial pasan las "combis" una tras otra, para Guaqui o Desaguadero, distantes 20 y 44 kilómetros, respectivamente. Nos trepamos a la primera y enseguida divisamos el mítico Titicaca, el lago más alto del mundo a 3.810 msnm. A la derecha se repite el paisaje de cientos de parcelas habitadas, casitas más casitas.

En quince minutos estuvimos en el primer pueblo, otrora floreciente atracadero naval. Aún hoy, Guaqui sigue siendo el primer puerto boliviano. Pero a fines del siglo XIX y hasta bien entrado el XX, Bolivia se abastecía por los barcos que llegaban desde Puno (Perú), aquí se trasbordaba la carga al ferrocarril y así llegaban a La Paz para su distribución nacional. Recordemos que en 1879 Bolivia queda encerrada al perder su salida al mar en la guerra con Chile. La plaza guaqueña está desierta a las 08:00 de la mañana, salvo la presencia de Abdón, un veterano que hiede a alcohol y quiere mostrarnos "el primer puerto de Bolivia". Insiste y cargosea mientras fotografío la Iglesia, la pérgola y casas de la cuadra. Me entra por el fútbol: dice haber sido puntero izquierdo de la selección albiverde en los comienzos de la década del ´60. Lo tanteo y no miente, conoce jugadores, la "celeste", y equipos de entonces, el glorioso Peñarol. Hasta enfrentó a Pelé... Nos cae simpático y aceptamos su compañía. Su lengue-lengue no para y me doy cuenta que el tipo es un libro abierto, dotado de esa extraña sabiduría popular que sólo puede dar la calle y el andar. Nos conduce al puerto y durante hora y media nos pasea entre galpones, el apostadero naval, la vieja estación de trenes, la playa de maniobras, el recinto de motores que generaban la energía (su ámbito de trabajo, fue mecánico, motorista) que allí están herrumbrados (al igual que los guinches y grúas de procedencia inglesa) y la maestranza donde se arrumban locomotoras a vapor, británicas y alemanas. El conjunto está siendo reciclado y reacondicionado con préstamos del Banco Interamericano de desarrollo (BID) para ofrecerlo al turismo internacional (es la terminal del tren mensual que con ese mismo fin parte de La Paz) como "Complejo Turístico Ecológico Cultural Ferroviario Museos del Titicaca-Guaqui".

Algún milico se acerca y me sopla que es un charlatán y mentiroso que sólo busca sacarnos plata. Le agradezco la advertencia, mientras en lo íntimo, deseo que ese "botón" tenga aunque aunque más no sea, el 10 % de la cultura de este pobre desgraciado... Abdón se para frente al monumento a los pioneros ferroviarios, señala emocionado nombre y apellido de su padre -Vicente Linachi Ticona- y exclama orgulloso "¡Soy hijo y nieto de ferroviarios! Quién va a saber más de este sitio, el primer puerto de Bolivia!".

Nos conduce a la ruta por la cortada de tierra arada (donde las gaviotas del lago hacen su festín lombricero), topándonos con un gigantesco frontón de pelota vasca, de adobe, semiderruido, instalación del cuartel vecino. Menciona la gran inundación de no sé que año como la responsable. Enfrente, los "colimbas" de pata en el suelo, pastorean el rebaño de ovejas que le asegurará la ración diaria. Mejor ocupación, sin duda que los ejercicios militares.

Todavía cruzamos una "4 x 4" y le estrecha la mano al conductor. El hombre se presenta, es el ex alcalde de Guaqui don Juan Bautista Calzada, muy simpático y político el hombre, nos pregunta si nos sentimos cómodos y se pone a las órdenes. Abdón aprovecha a posar con el dirigente y pide que le envíe la foto a su dirección en La Paz...

Frente al Regimiento, nuestro guía para la "combi" con destino a Desaguadero. Los militares han instalado su retén de frontera y se entretienen pidiendo documentos a los automovilistas y revisando baúles y equipajes. Hay que ejercitarse por cualquier conflicto con Perú, como corresponde a todo ejército latinoamericano, entrenado para desconfiar del vecino hermano. ¡Chau viejo Abdón, el mejor guía amateur que pueda alistar Guaqui, "el primer puerto de Bolivia"!

Costeamos el Titicaca por la angosta franja entre el agua a la derecha y la cadena de montañas a la izquierda. Curva al extremo oeste y aparece la ciudad fronteriza, enfrentada a otro conglomerado urbano. Son las cabeceras boliviana- peruana conocidas como Desaguadero pues entre medio, corre el río por donde derrama el lago sus excesos hídricos.

No creo pueda existir en Suramérica otro amontonamiento tan singular. Si Villazón- La Quiaca resultó sorprendente, este paso fronterizo supera todo lo imaginable. Es una feria promiscua gigante, todo por el suelo (gentes y productos), en la vereda, en la calle, y peatones que van y vienen en todas direcciones. Más el trasiego alocado de otros protagonistas: los bicicarros de tres ruedas que trasportan personas y bagayos de todo porte, entre el barro o sorteando pozos, a pedalazo limpio. El sol aprieta y la olla a presión borbotea vapores y olores... La oficina migratoria parece a punto de ser asaltada por la turba vecinal que por media cuadra se enfila de a cinco en fondo. Nos salvan los pasaportes y la pinta de extranjeros que el ojo policial empareja como "gringos" y nos hace pasar junto a "gringos" verdaderos. Pero falta una fotocopia! Andá a buscar fotocopiadora en medio del tumulto, con el equipaje a la espalda, el polvo y el calor pegajoso! La encuentro al lado de una toldería en que sirven chicharrón y charque con chuño... Pero zafamos!

¡Hasta la vuelta Bolivia! De Villazón a Desaguadero anduvimos 1.074 kilómetros y estamos a 2.925 de Buenos Aires. Son las 12:00 en Bolivia, las 11:00 en Peru y las 13:00 en Argentina.

"Bienvenidos a Perú" se lee en el cartelón que atraviesa el puente internacional, sobre el que se asienta otra feria de comidas al paso (y lo que se te ocurra) mientras abajo corre un hilo de agua mugroso donde van a parar todos los desperdicios. No quiero pensar cómo harán el ómnibus y dos camiones, allí sitiados, para traspasar la barrera una vez que acaben los trámites.... Algún aplastado habrá!

La recepción implica otra cola de cuadra y media, que ahora sí resulta imposible de evitar. Para colmo llego a la ventanilla y exigen la presencia de Silvia y Marcela ("el trámite es personal") que se quedaron aguantando las mochilas (y a la sombra). Las rescato y el portero se empeña en mandarnos al fondo de la cola.... a hacer cola (¡ay, Latinoamérica coluda...!)

El ingreso a Perú no fue muy auspicioso que digamos. Sedientos, busco una bebida helada pero todas las heladeras cargadas están apagadas porque no se acostumbra, con el frío natural alcanza. El pandemonium callejero no cesa y a los bicicarros se suman los mototaxis, engendro típico peruano, también de tres ruedas, potente cilindrada y capota de cuerina y mica, fileteados en vivos colores. Cargan tres pasajeros en la banquilla trasera mientras el chofer jinetea adelante prendido de los manubrios y espuelea los cambios.

Si estoy absorto por el contraste cultural con nuestros europeizados Argentina y Uruguay, este rincón continental me convence que ingresé en otro mundo. Es muy fuerte el choque para un occidentalizado, con costumbres diametralmente opuestas. Y aún en esta salsa exótica se notan los extremos y diferencias. Conviven a toda hora, la más heterogénea saga folklórica con el celular de última generación (que todos portan, sin distingos); los Roger, Johny, July con los Tilcara, Chaire o Hullapa; etc.

Por ejemplo, nos asaltan con ofertas de buses, camionetas y autos a Puno, nuestro siguiente destino. Insisto en ir a la terminal de ómnibus, desconfiado de la informalidad callejera. Caminamos diez interminables cuadras, por lo menos. Y en la terminal no venden boletos, solamente salen los ómnibus! Menos mal que encontramos un taxicleta y el muchachote nos carga a los tres más los bultos. Este no podrá con semejante peso, me figuro, al tiempo que el tipo empieza a pedalear sin ton ni son y como si nada, nos regresa las diez cuadras. ¡Qué musculatura! Derrotado por el informalismo, compro boletos al primer mini cuyo conductor grita "¡A Puno, a Puno! Sale en 10 minutos...". A la baca las mochilas como bolsas de papas, y a apilarse en los asientos antes que se ocupen. Diez soles (U$S 3,54) por cabeza para los 146 kilómetros que median hasta sureña localidad peruana.

El apuro por ir y volver a por otros pasajeros hace que el chofer desarrolle velocidades de vértigo y a las 14:00 ya estamos en destino. Por la ventanilla han pasado cual película las riberas cultivadas del Titicaca, con los bueyes que casi aran las aguas porque aprovechan hasta el último centímetro la tierra fértil; aldeas y ciudades pintorescas; llanuras parceladas al extremo y densamente pobladas, repitiendo el paisaje boliviano, aunque en Perú las chapas de zinc han sustituido definitivamente a las techumbres adobadas y semejan miles de espejuelos enviando señales plateadas. El contorno del lago es quebrado de manera que a veces la ruta corta camino y lo perdemos de vista. Pero como la montaña aprieta, vialidad aprovecha la estrecha faja y la carretera copia los vericuetos costeros en sucesión de curvas, contra curvas, cuestas y bajadas. Cuando se eleva o atraviesa puntas y penínsulas, la perspectiva paisajística es bellísima.

San Carlos de Puno, la "Capital Folklórica del Perú", se desparrama a orillas de la bahía del mismo nombre cual gigantesco anfiteatro porque escala los cerros que le cubren las espaldas. De sus 3.812 msnm alcanza los 4.040 en sus partes más altas. Tiene 140.000 habitantes y fue fundada en 1668. El bus nos tira en un barrio tumultuoso como todos los que rodean las informes terminales de estas latitudes, en medio de parvas de bultos, fardos, frutas, papas, verduras, carretillas y bicicletas. Más una bandada de carricoches, cuyos conductores aburren ofreciendo hoteles, city tours y "ainda mais"... Juan Unquilla nos cae simpático, parece sincero y revela buenos modales. Su menú resulta convincente: hotel por 40 soles para los tres (U$S 14) y excursión a las Islas de los Uros por 45. Nos trepa a su prolijo carromoto azul intenso y deposita en el Hostal Apu-Rimak, frente a las vías férreas que terminan en el cercano muelle portuario, a media cuadra de la avenida convertida en doble feria. Aún me lleva a la terminal omnibusera a sacar pasajes para mañana seguir a Cusco. Y a las 16:00 pasa a buscarnos para el puerto, el transfer cargado de turistas.

La Isla de los Uros es un paseo que nadie se puede perder. Este antiquísimo pueblo comparte el hábitat lacustre con las etnias quechuas y aymaras. Parece que a la conquista de los Incas, buscaron refugio en las aguas interiores sobre islas flotantes que construyeron con la totora que aquí crece en cantidad. También con esta especie de junco, hacen sus viviendas, se alimentan y entretejen embarcaciones. Desde entonces este es su hábitat.

Abordamos la lancha que se interna en la bahía proa al este, en aguas muy bajas. A la izquierda deja el promontorio que alberga el más lujoso hotel de la zona. Enseguida entra al canal de dos o tres kilómetros entre dos campos de totora verde intenso, paraíso de gaviotas, patos, pájaros y toda la vida que alberga semejante ecosistema. Hasta que desemboca en otro lago interior, despejado, a cuya orilla frontal se alza una Venecia de paja, chozas redondas, ranchos cuadrados, arcos de recepción, aleros y miradores. Es un espectáculo indescriptible, muy vistoso, de extraño colorido, donde el predomino ocre mostaza de la totora seca contrasta con el verde oscuro del "monte" virgen. La postal se refuerza arriba con el cielo azul nuboso embargado de tintes rosa atardecer y abajo con el reflejo en el agua mansa, planchada y platinada.

Atraca y el comité de recepción nos da la bienvenida al son de canciones en idioma nativo. Son mujeres que visten trajes típicos. Pisamos el colchón flotante y caminamos con pasos amortiguados, extrañísimo. Paso seguido comienza la exposición didáctica mientras probamos brotes de totora, que no saben mal pero tampoco le encuentro más gusto que al tallo de hinojo o apio. El guía nos entera que el Titicaca ocupa una depresión en la meseta del Collao, es el lago navegable más alto del mundo (3,810 msnm), el segundo más extenso de Sudamérica (8.562 Km2) después del de Maracaibo. Un mar interior con más de 160 km. de largo por 50 de ancho, 1.125 kilómetros de costa y 283 metros de profundidad. Reserva de agua dulce y límpida, incontaminado. Obra como termorregulador porque de día absorbe la energía solar y de noche la libera. Esta función moderadora crea un microclima circundante sin temperaturas extremas que posibilita el asentamiento humano y la agricultura. Es la razón por la cual acunó las civilizaciones más antiguas del continente, origen sostenido en mitos y leyendas lugareñas. Debe su nombre al puma americano, llamado "titi", antiguo amo y señor de la región. Al invertir el mapa, la forma del lago, semeja al felino cazando un conejo...

Después, una bella y grácil Uro enseña cómo entretejen y anclan la isla, construyen sus cabañas, utensilios y canoas. Estas, por su forma, son auténticos caballitos de mar. Algunas dobles, con lo que se conforma un catamarán bastante grande, que los nativos denominan "los Mercedes Bentz" del totoral. Después nos invitan a conocer el interior de sus casas y nos enteramos que Mary Luz y Juan contrajeron matrimonio hace bien poco. ¡Hermosa parejita! Es un monoambiente donde por todo mobiliario se destaca el colchón al fondo. Doble mullido que parece muy acogedor, al menos para la mirada turística, porque la humedad constante y el frío intenso deben tener sus consecuencias, a la larga. Reporteo al marido. Viven de la caza y de la pesca, tienen gallinas y alguna jaula con conejillos. Deben tener mucho cuidado con el manejo del fuego, que puede incendiarles todo el barrio. Por supuesto que el turismo les reporta los principales ingresos. Puno es el tercer destino turístico extranjero, después de Lima y Cusco.

Afuera, varias mujeres han tendido sus artesanías y las ofrecen a los excursionistas. Canoítas pescadoras (un caballito de totora de 20 cm. cuesta 30 soles = U$S 10,5), cerámicas, pantallas, abanicos y, sobre todo, tejidos multicolores (mantas, pañuelos, manteles, ponchos) a cual pieza textil más hermosa. Algunos con el bolsillo mejor forrado, trepan al "Mercedes" para dar una vuelta lacustre. Al resto nos despiden con cánticos y la lancha parte a otra isla, más o menos de las mismas características, salvo que ofrece bungalow para los turistas que quieran pernotar y un salón en madera, techo de paja, ventanas vidriadas y piso de tablas sobre el juncal. Allí se puede tomar un buen café, y lo que nos enteramos al momento, comer la especialidad isleña, trucha con arroz y papas fritas (U$S 3,5 el platazo). Con el hambre que acumulábamos desde los bocados caminantes del Desaguadero, no dudé y ahí nomás ensartaron los peces que tienen disponibles en jaulas o redecillas sumergidas al lado de la cocina. ¡Exquisito, la mejor trucha jamás comida!. Al ratito nomás, el ambiente se pobló de comensales que nos asaltaban los platos con los ojos... La trucha fue introducida al lago desde Canadá, lo mismo que el pejerrey, importado de Argentina. Se suman a los autóctonos carachi y suche, que nadan aliviados ante nuestra preferencia por los "extranjeros".

Georgina, catalana ella e inglés su cumpa, "gasoleros" como nosotros, deciden quedarse y arman carpa (nunca supe cómo hicieron para clavar las estacas de amarre). Hicimos muy buenas migas con esta parejita europea y les debo fotos que prometí enviarles. Oscurece y el regreso a puerto adquiere otros atractivos. Las últimas barras del día se dibujan en el cielo, alimentadas por el sol que hace rato se metió tras los cerros oesteños. Y las estrellas pierden la competencia con el lucerío de Puno que destella en todo el horizonte. La platea del anfiteatro luce a giorno delante de la proa!

Convenimos que las dos horas y media de paseo fueron una experiencia formidable. Lo mejor que nos ha sucedido desde Potosí: paisaje, entorno natural, gente humilde y simpática...¡truchas! Quedamos "secos", así que descendimos en el centro para conseguir cambio (282 soles por 100 dólares). Recorrimos la peatonal, el Parque Pino y la Plaza de Armas, con su imponente Catedral del siglo XVIII y nos llamamos a sosiego, por el cansancio y por los 5 grados bajo cero de sensación térmica.

A cargar baterías, pilas y reacomodar equipos y maletas, que mañana a las 09:00 partimos para Cusco, al alcance de la mano, solamente a casi 400 kilómetros de distancia...

Crónicas de Viaje (V)
Schubert Flores Vassella

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