17/01 - Tiwanaku

Dejamos La Paz, capital política de Bolivia, conscientes que apenas alcanzamos a descubrirla y que es una de las ciudades más bellas del orbe. Y eso que el legendario patrón Illimani no se dejó ver, cubierto por las nubes y las turbulencias que generan su monumentalidad !

Ah! Capítulo especial merece el transporte público paceño. Con semejante geografía no hay trenes ni subtes, de manera que la automotriz es la única mobilidad. Los "carros" particulares son todos japoneses, ya dije. Y entre los colectivos, hay minibuses marca Dodge, viejos y de colores vivos, cortitos y robustos para encarar las pendientes; o "combis", Nissan o Toyota (marca lider en el altoperú). Era domingo, no puedo imaginar el entrevero de los días de semana, mucho menos en las horas pico... ¡otra que hormiguero pateado!

En las inmediaciones del Cementerio tomamos una de esas "chanchitas" niponas que hacen el recorrido a Tiwanaku, distante 71 kilómetros de La Paz (tarifa: 10 bolivianos por persona, equivalentes a 1, 45 dólares). A las 14:30 se pone en marcha y empieza a subir sin cesar por calles empedradas hacia El Alto. ¡Pobre motor, sufro! Tras cien volteretas, en cada una de las cuales el plano de la ciudad queda más abajo como si ascendiéramos en helicóptero, arribamos a la meseta elevada. Parece mentira que hace un rato andábamos entre esas agujitas diminutas a que se parecen los rascacielos céntricos desde aquí...

Nos internamos por los vericuetos de la Feria Dominical de El Alto que, según el chofer, es la más grande del mundo, certificada por el Libro Guiness. Acerto que no pongo en duda dada la propensión boliviana al informalismo y a vender cualquier cosa en la calle, arremolinados en el suelo, sentados o en cuclillas. Y a juzgar por el gentío y variedad de productos ofrecidos que se ven, Trisitán Narvaja y La Salada son porotos insignificantes!

La camioneta arrancó con nosotros tres que nos despatarramos cómodos con las mochilas y bártulos. Pero en la primer parada de El Alto, subió una ola de 11 personas que casi nos aplasta, devolviéndonos a la realidad latinoamericana. Nada de pedir permiso, cortesía que se desconoce en Bolivia (como el bidet o el aire acondicionado...). Cada una/o con sus bultos voluminosos porque los "bolitas" son mulas que siempre viajan cargados al extremo. Y pasan y arrastran. Las "combis" han sido adaptadas para 14 asientos pero suben 17 ¡y hasta 20! Además se les añadió la escalerita y la baca que permite cargar el techo hasta alturas increíbles...

Aquí empezó a acompañarnos la llovizna. Que por momentos precipita a chaparrones, para mi preocupación porque el objetivo es armar carpa en lugar cercano al sitio arqueológico.

Por el costado del aeropuerto internacional (esta base aérea es de las más altas del mundo y sus pistas registran 4.061 msnm), ganamos los arrabales de los suburbios paceños por ruta pavimentada y en buen estado. El Alto cada día se desparrama más de manera que apenas dejamos de ver sus casuchas y transitamos la plenitud altiplánica, ya enfrentamos el poblado de Laja, "Cuna de La Paz", como reza el cartel carretero. Aquí se fundó originalmente la ciudad de La Paz el 20 de octubre de 1548 por parte del capitán Alonso de Mendoza. La localidad dista 36 kilómetros de la capital, está a 3.960 msnm y a medio camino de Tiwanaku.

La inmensidad está salpicada de minifundios, pequeñas fincas, chacras, huertas, que laboran la tierra suelta, pobre, arenosa y de color árido. Llama la atención la densidad poblacional que me explico porque al ser Bolivia un país montañoso, es natural que sus planicies concentren gente. Pero me queda la interrogante de cómo obtienen el agua para sus cultivos. Y concluyo que deben esperar el milagro de la naturaleza, porque por estos lares no se ven depósitos ni represas ni obras de envergadura.

Una pequeña cordillera, que atravesamos por el mirador Lloco-Lloco a 4.028 msnm, divide el altiplano paceño del que orilla el Lago Titicaca. Tales alturas limitan por el norte y el este, la altillanura lacustre donde se asienta Tiwanaku. Al sur, otra cadena de cerros de mayor altitud, hace de contrafuerte. Aquí, a 3.870 msnm, a 2.810 kilómetros del Río de la Plata y hace más de 3.500 años, floreció una cultura primigenia, madre de civilizaciones americanas. En efecto, la cronología histórica indica que el período aldeano se extendió del 1.580 a.c. al 133 d.c.; el periódo urbano temprano del 133 al 374 d.c.; la etapa clásica del 374 al 900 d.c.; y el periódo imperial del 900 al 1.200 d.c.. La capital del Imperio de Tiwanaku, en su época clásica, constituyó un estado centralizado, densamente poblado, con una cúpula de mando superior, artesanos y agricultores que surtían con diversidad de productos cosechados de diferentes pisos ecológicos. O sea que cuando los egipcios constituían el Imperio Nuevo en el Valle del Nilo, los tiwanakenses se organizaban en las tierras altas de América.

La cultura Tiwanakota destacó por sus conocimientos en astronomía, confección de tejidos y cerámica, sofisticada agricultura y el dominio de la piedra para la construcción de sus monumentos. Muestra la grandeza del espíritu humano dominando su entorno. Su declinación coincide con el advenimiento de la civilización inca. La causa del ocaso definitivo es un misterio y se atribuye a cataclismos climáticos (quizás una gran sequía de más de cien años) ante que a conflictos guerreros. El Lago Titicaca, que orillaba sus suburbios, hoy se encuentra a 20 kilómetros en un proceso de secado que continúa.

Desde la ruta, kilómetros antes se divisa el sitio porque un as de sol lo ilumina, único espacio donde no llovía. Parece colgado de un agujero en el cielo... Los astros están con nosotros, pensé.

Dejamos la ruta que sigue a Guaqui y Desaguadero, frontera con Perú, doblamos a la derecha, atravesamos el arco de bienvenida y antes de entrar al pueblo actual de Tiwanaku (a casi 1 km de la carretera) volvimos a girar a derecha e izquierda por el camino de tierra hasta el estacionamiento del parque arqueológico. Allí se levantan las oficinas administrativas y los museos de sitio, de moderna y amplia edificación, la vieja estación de ferrocarril (el tren turístico llega una vez al mes) y el parque de artesanos.
"Centro espiritual y político de la cultura Tiwanaku", según reza la placa colocada en la entrada, escrita en tres idiomas. Que agrega: "Inscripto por la Unesco en la lista del patrimonio cultural de la humanidad por su valor excepcional y universal el 2 de diciembre de 2000".

Mi ansiedad y apuro por acceder al célebre y más importante ruinario boliviano, aprovechando la tregua climática, hizo que adquiriera los tickets de ingreso pese a lo avanzado de la hora (eran las 16:00 y el complejo cierra a las 17:00). Cuestan 80 bolivianos por persona, de modo que tuve que desembolsar 35 dólares por los tres, que no es caro pero tampoco barato. Y me rechina el etiquetamiento de "extranjero" que iguala a cualquier "gringo" cargado de euros o dólares... ¿Y la hermandad latinoamericana?, tan mentada en estas latitudes, pregunté.

Tuve la precaución -antes de comprar- de preguntar si al día siguiente podría volver a ver lo que ahora recorrería a la carrera. El funcionario aclaró que sí y el guía contratado se encargó de reiterar esta condición para mi primordial. ¡Porque mi idea es acampar dos días y no dejar piedra sin revisar y fotografiar!

Salimos despedidos y al ratito nomás estábamos en la cima de la Pirámide de Akapama, de 800 metros de perímetro y 18 metros de altura. Observatorio astronómico reducido a un montón de tierra desde que los españoles dieron vuelta sus entrañas, cavando en busca de tesoros. Recién se están descubriendo sus siete terrazas escalonadas y se avistan los muros de contención. La vista panorámica permite relevar las demás ruinas que se esparcen en los alrededores. Así como también el pueblo actual con su Iglesia de 330 años.

Al norte de la pirámide están las otras dos ruinas más importantes del sitio: Kalasasaya (el "Templo de las Piedras paradas") y el Templete Semisubterráneo. El primero cubre unas dos hectáreas, su estructura está basada en columnas de arenisca y sillares cortados dispuestos entre estos. Sobresalen górgolas o goteros de desagüe para las aguas pluviales. En su extremo oeste se alza la celebérrima Puerta del Sol que originalmente se encontraba revestida con planchas de oro. Es la mayor muestra del grado de perfección que alcanzó la cultura tiwanakota, tanto por el arte como por la simbología que atesoran sus bajos relives, que muestran un personaje central que porta dos cetros y está rodeado de figuras con máscaras de cóndores. Está hecha de piedra andesita y pesa aproximadamente 10 toneladas. En Kalasasaya, además, se yergen el Monolito Ponce y el Monolito Fraile, reprentaciones de figuras humanas de pie. Y en uno de sus muros se talló un agujero que remeda el interior del oido y amplifica la voz cual parlante moderno.

El templete Semisubterráneo, ubicado al este de Kalasasaya tiene 28,47 por 26 metros. Sus muros tienen una altura de 2 metros. está decorado por 175 cabezas clavas, esculpidas en piedra caliza. En el centro se alzan tres monolitos, con tallados y simbologías.

Completan el complejo ceremonial, la estructura rectangular semisubterránea de Kantatallita ("Luz del Amanecer"), cien metros al este de la Pirámide de Akapana. Y el Putuni ("Patio de los sarcófagos") y Kericala, al oeste de Kalasasaya, probables cementerios. En el ángulo extremo noroeste hay otro promontorio donde se emplaza la Puerta de la Luna, otra colosal estructura monolítica.

La lluvia reicidente hizo que apurásemos el tranco y las explicaciones con rigor científico del guía Eduardo, nativo de rasgos bien aindiados, estudiante de arqueología, que a poco parte para La Paz porque al otro día rinde examen en la Universidad de San Andrés. No sin antes recordar al boletero Valerio el compromiso de mañana allanarnos el paso... Todavía nos consiguió alojamiento con otra guía porque el clima no está para intemperies. Lluvia intermitente y temperatura bajo cero.

Después de instalarnos, visitamos el pueblito, sus callecitas aldeanas, y en especial, la plaza con la Municipalidad y la Iglesia tricentenaria, que corresponde al arte renacentista, de piedra y tejas. Tiene una sola nave muy alargada y sólidos contrafuertes que la refuerzan. Los desagües o las górgolas denotan su afinidad indígena al utilizar la figura del gato andino llamado "titi", tema constante del arte indoamericano. En el frente se hallan dos monolitos sedentes de la era tiwanaka.

La tardecita y anochecer en Tiwanaku es otro poema de contrastes: la tormenta concentra toda la gama de azul violáceos habidos y por haber, cortinados por rayos solares que se filtran y resaltan el blanco puro y los cuajarones rosados nubeos. Los cerros adquieren ese pastel verde ocaso y la grama ocre de la planicie brilla humedecida... ¡Y el arco iris se aparece en triunfo!

Tempranito en la mañana (llovió toda la noche) esperamos la apertura de la oficina administrativa. Una por sacarle el jugo al día y recorrer el complejo al detalle. Otra porque, desconfiado y previsor, quería confirmar lo antes posible el compromiso de ayer. El diablo me roncaba en las tripas... Presenciamos el alistamiento del personal que trabaja en el sitio, guardaparques, limpiadores, mantenimiento, albañiles, boleteros, oficinistas. Es una fuente laboral para una cincuentena de hombres, la mayoría integrantes de la comunidad originaria del lugar. Perciben unos 1.000 bolivianos mensuales (143 dólares), que todos consideran poco.

A las 09:00 se destapó la olla! Ni rastros de Valerio y el boletero de turno que no me reconoce los boletos. Mejor dicho, no autoriza me volver al parque porque ya están perforados, sólo puedo visitar los museos y las ruinas faltantes. Lo impongo del compromiso asumido y le hago ver que no voy a ser tan estúpido como para comprar una entrada al borde del vencimiento. Pero aqui la ley es la misma de toda podrida sociedad de consumo: pague y después reclame a magoya... La discusión escala de funcionarios hasta llegar al Intendendente Tiwanakota, que más que jerarquía arqueológica-turística se asemeja a los monolitos milenarios. Una piedra de duro don Rodriguez, no entra en razones y me advierte que si quiero puedo ir a La Paz y hablar con el mismísimo Juan Evo Morales Ayma en la Presidencia de la República, pero que aquí manda él y no va a dejarme volver a entrar al parque "porque los boletos ya fueron tickados ayer. ¡Y no me levante la voz!!". Por fortuna apareció un secretario, joven y más contemplativo, que le hizo ver el disparate y le aceitó el sentido común: revisar el libro de ingresos y comprobar que efectivamente mis tres boletos fueron los últimos vendidos ayer. Trajeron el libro y el don ogro gruñón Rodriguez gruñó inapelable: "¡Está bien! Puede pasar, pero porque fué el último y no han pasado 24 horas. Si hubieran transcurrido, ni Evo lo salva!". Precisamente de eso se trataba, don burócrata cuadrado....

Así que la horita de ayer la multipliqué por cinco y hasta las 14:00 recorrimos con Silvia las maravillas ya vistas. Apenas pasamos por el alojamiento de Carolina para comprobar que Marcela tocó fondo con el "mal de altura" y está de cama (para disfrute de "Pepe", el gatito regalón de la casa). Después, saltamos al Puma Punku, las ruinas que están a la entrada del pueblo, a unas cinco cuadras de las principales, a la izquierda del acceso a Tiwanaku. Es el mayor templo ceremonial de la zona, una estructura elevada constituída por piezas líticas con muchos portales de piedra. Otro monumento a la arquitectura antigua. Los bloques muestran el anclaje para las grapas metálicas que aseguraban el encastrado perfecto, todo un recurso tecnológico de avanzada para la época. En su costado norte, decenas de comunitarios realizan tareas de reconstrucción y mantenimiento, con aterraplanamientos de adobe, tierra y paja.

Por último visitamos el Museo Lítico y el Museo Cerámico, los que exhiben valiosas piezas recuperadas en las excavaciones del lugar. En el atrio del primero se encuentra la Puerta de la Estrella, pieza esculpida en una sola piedra de forma escalonada. En una sala especial se encuentra el Monolito Bennet o Pachamama, descubierto en 1932. La estela mide 7,30 metros y pesa 20 toneladas. La pieza lítica es una figura humana con máscara ceremonial. También se observan figuras de cóndor mirando hacia arriba. Este animal mítico es el símbolo de la cultura tiwanakota. En el segundo repositorio se muestran vasijas, algunas con rostros humanos, y miles de objetos. También los cráneos deformados y la técnica de las trepanaciones, otro de los grandes avances de la medicina altiplánica.

Todo lo visto conforma un formidable, único e inigualable patrimonio. Se afirma que es sólo el 10%, el 90 restante yace enterrado y no hay recursos para recuperarlo. El estado boliviano aporta recursos en cuentagotas, no los administran los más idóneos y se malversan fondos. Sucede lo mismo con la ayuda internacional. La falta de continuidad conspira contra la prospección arqueológica. Y me asalta la interrogante final acerca de cómo hicieron los tiwanakotas para trasladar esas moles pétreas y tallarlas milimétricamente, qué herramientas, qué tecnicas...

Hace rato que heché de menos el capuchón cubre micrófonos del grabador, elemento indispensable para las notas exteriores dado el viento que sopla constante en la altura. De seguro lo extravié durante la recorrida de la mañana, recargado de accesorios y con las manos "encarangadas" por el viento gélido (-5º). Mi chaleco bolsilludo carga documentos, libreta de apuntes, tarjetas, mapas, biromes, lápices, marcadores, clips, reloj, brújula, calculadora, pilas, baterías, adaptadores, cables, encendedor, abre latas, cortaplumas, pañuelos descartables, remedios varios, caramelos, etc, etc, etc... En algún momento pesaba kilo y medio, más unos cuantos gramos de mugre caminera...

Viché para el lado del parque cerrado y vi que el control estaba desguarnecido, sabe dónde el guardia. Silvia no aguantó la osadía y se quedó entre los artesanos. A por el capuchón y en venganza por el mal rato "rodriguista" entré por tercera vez al recinto sagrado y repetí a toda velocidad el camino turistico. Aún aproveché para tomar otra serie fotográfica porque a cada hora varía la luz y las tomas son diferentes. Y en el afán por completar el circuito, recuperar el trozo de goma espuma negro y probar mi estado atlético en la altura, me mandé un carrerón de trescientos metros con culminación arriba de la pirámide. ¡Casi me muero! Toda la capacidad respiratoria, jadeando como perro, no alcanza para llenar los pulmones... ¡Qué sensación fea y extraña! Para colmo, Silvia me divisa, a los gritos, asustada por el sabueso de don Rodriguez que la amenazó con meternos presos por "invadir Tiwanaku"... Ni rastros del capuchón, pero que lo busqué ¡lo busqué!

Marcela empeora y Silvia, agotada, se queda con ella. Alguien que se precie de folklorólogo no puede irse de un sitio sin visitar el cementerio. Las necrópolis constituyen otra exposición notable de los hábitos y costumbres de los pueblos. Allá voy en otro atardecer de novela, cinco o seis cuadras a campo traviesa, salteando baldios, burros y llamas guachas. La puerta que avisté el día anterior está cerrada y bien torneada con bolsas de nylon ensogadas. No me doy por vencido, rodeo el muro y encuentro que el acceso principal está al poniente. Majestuoso portal, cuya reja tiene el candado abierto. Accedo y leo a modo de bienvenida: "Morirás y aquí yacerás".... Modesto recinto, nada de mármoles y esculturas italianas, mucho adobe y piedra, pintura de vivos colores y abundancia de flores. Y todos los apellidos originarios: Amaru, Mamani, Callizaya, Condorí, Copa, Chocobar, Choque, Huarani, Iquilla, Machaca, Mandogue, Quispe, Saire, Suisaga, Ururi, Tipola...

Día crítico para Marcela, mi hija, que sólo piensa en volver. Su corazón palpita con frecuencia exagerada, alarmante. Cuando el soroche te vence no queda más que bajar. Planea llegar a Cusco, meter un "tarjetazo" y volver a Buenos Aires en avión. Pero sobrevienen los vómitos y el alivio. Carolina alcanza un té de coca y acentúa la mejoría. Pasa una noche tranquila con el felinito "Pepe" bajo las cobijas. Al otro día, en la frontera del lado peruano, consigo en la botica de Desaguadero, la pastilla Sorochi Pills que obra mágicamente y le aventa el mal de altura.

Crónicas de Viaje (IV)
Schubert Flores Vassella

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