Cuando florece el espinal

por Roberto Chavero

Nació en un lugar cualquiera de nuestra tierra. Un día del que nunca tuve noticias.
Lo veía todos los días de la semana trabajar con la desmalezadora en las manos. Limpiar las orillas del río, la orilla del camino de acceso al poblado.
Los fines de semana iba y venía en su moto, comprada con su trabajo. Se juntaba con los de su edad pero tenía tiempo para conversar con los más chicos.
Aún cuando sonriera, parecía contrariado. Miraba serio, como los campesinos,  estudiando al otro.  Conocía todas las tareas del campo, también  la de albañil, porque los mayores de este pago enseñan así a sus hijos.
Como muchos criollitos, quiso ser policía. No pasó el examen psicológico.
Siguió siendo empleado de la comuna, desmalezando las orillas de los caminos. Tanto estar al borde del camino, para que otros lo hallemos limpio, bonito y él no logró limpiar el suyo. No hubo desmalezadora para su vida, para sus jóvenes años.
Hoy nos pesa su ausencia. Era silencioso. Su silencio está presente en nosotros. Nos duele  no verlo en la mañana, a la orilla del río, trabajando, tanto como   su historia. Ahora nos pesa mucho más, porque quedó ligada a la nuestra, trágicamente.
Llegó al pueblo niño, para acompañar al que sería su padre de crianza, don Indolfo, con sus 7 añitos. Los padres lo habían dado, como al voleo, para que alguien lo críe. Tuvo suerte.  En  cuanta ocasión tenía, manifestaba su amor por esa gente que le había dado cariño, cama, comida,  escuela y enseñanzas.
Eran mayores y, a los pocos años, murieron. Empezó a quedarse solo, a sentirse solo.

 

Junto a los hijos de Indolfo, sus hermanos de crianza, tiempo después, fueron desalojados del campo en el que vivían.
Allí estaban de prestado. Toda una vida de prestado en el Desmonte, en un rincón de los cerros que los protegían, al pié de la Quebrada de los Chanchos (del monte).
Cada cual salvó su ropa.
En el naufragio  se quedó más solo.
Un buen vecino le dio albergue a su soledad, a su tristeza, durante un tiempo.
Luego  una buena vecina le ofreció una habitación en su casa   y, allí, arrinconó sus pocas prendas. Siguió trabajando en lo suyo, desmalezar.
Un día, cuando el monte envuelve su espinal en el dulce aroma de sus flores, cuando los churquis, los garabatos, los chañares celebran su  fiesta con los primeros calorcitos de la primavera, decidió terminar con su soledad.
Pasó caminando por las calles del pueblo, con un alambre en la mano, saludando al paso  algunos vecinos.
Había dejado las herramientas de trabajo acomodadas en la comuna, ordenadas sus posesiones, y una carta, sin reproches, con gratitud para aquella Sra., en la que escribió su testamento, su legado:
su ropa a sus amigos, el celular y la moto a su amor, y para nosotros, para todos nosotros, la frase con la  que empezó a decir adiós:

“Yo no tengo familia. Y sin familia no sé vivir. Sebastián”

Sebastián (el chico más alto), con 12 años, cuando asistía a la escuela del Cerro Colorado.

 

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