YUPANQUI en ENTRE RÍOS

Nota publicada en el Diario EL DIARIO DE PARANÁ

YUPANQUI EN TALA. El gran artista que describió la profundidad de una provincia y su gente.

Tras las huellas de Atahualpa en el monte entrerriano.

Cruzó el río por el sur de la provincia cuando tenía apenas 24 años. Recorrió a caballo los caminos, se instaló en pleno monte junto a un río. Logró nutrirse de imágenes y vivencias que luego volcó a su obra universal. En Tala fue periodista, cantó en los prostíbulos de Paraná y en Urdinarrain tuvo una hija. Por entonces era Roberto Chavero, embrión del gran Atahualpa Yupanqui.

Jorge Riani

El viento le arranca un silbido suave al pasto rebelde y una gallineta bate las alas buscando convertir la huida en vuelo. Si el silencio tiene música, en ese montecito se la puede oír. Entre espinillos florecidos y algunos árboles de mora que tiñen el paisaje con racimos violetas, los visitantes preñan la naturaleza con su presencia extraña y descubren el estallido intenso de una postal campestre tomada por sorpresa.
Ahí, justo en medio de la selva reducida a muestra, los visitantes hallan un montículo de ladrillos y cascotes que contrastan con el verde del entorno. A unos cien metros, como las venas de un cuerpo lleno de vida, se abre el lecho del río Gualeguay anunciado por costas de arena blanca.
“Este es el lugar donde vivió don Ata”, anuncia José Ellena con la misma pronunciación ceremoniosa con que lo hace cada vez que alguien llega buscando ese tesoro abandonado en medio del montecito. Hay que tomar por la ruta 39 desde la ciudad de Rosario del Tala y recorrer apenas un par de kilómetros para arribar al lugar que habitó don Atahualpa Yupanqui, el padre de la música folklórica argentina.
“En el río Gualeguay me instalé, a una legua de Tala. Era un rancho típico, torteado de barro y cueros contra la humedad, en plena selva entrerriana. Salía a los caminos, recorría leguas, pero siempre retornaba a mi rancho junto al río”, escribió varios años más tarde. Hoy ese ranchito es un grupo de cascotes en medio del paisaje natural, convertido en un punto de turismo cultural motivado por la devoción de los seguidores del gran artista.
La cercanía inmediata del balneario Delio Panizza facilita la posibilidad de visitar el sitio, que no se agota en esas valiosas ruinas. Abriendo tranqueras abandonadas, se puede conocer el litoral profundo sin mayor trazado que el que va dictando el camino: un rancho deshabitado con su aljibe y sus amplias piezas delimitadas por ladrillos pegados con adobe; casillas de zinc que alguna vez fueron de los pescadores de la zona.
Más allá, un puente ferroviario de hierro coloreado por el tiempo le aporta magnanimidad al paisaje. ¿No es, acaso, esa extraordinaria obra de ingeniería del viejo imperio británico, un fragmento también de esta Argentina? Los pilotes abovedados de ladrillos y ese esqueleto metálico unidos por soberbios remaches condimentan el ambiente y aportan una gran belleza al recorrido desordenado e informal.
Todo eso se puede visitar en el centro de la provincia de Entre Ríos, en el lugar donde los departamentos Tala y Uruguay se funden en una misma hermosura. Se puede tomar como base de hospedaje el balneario Panizza y salir a recorrer todo el entorno, y la antigua ciudad de Rosario del Tala.

PRIMERA PERSONA. “Fui a parar a Rosario del Tala. Era una ciudad antigua, de anchas veredas, con más tapiales que casas. Anduve por los aledaños hasta el atardecer, sin hablar con nadie, aunque respondiendo al saludo de todos, pues allá existía la costumbre de saludar a todo el mundo, como lo hace la gente sin miedo y sin pecado”. Atahualpa describió así al poblado, que no ha cambiado mucho. Aún hoy, las calles de ripio, sus casas centenarias de un enorme valor histórico y una calera abandonada, que suma misterio con su chimenea de ladrillo oscuro, conforman una atmósfera atractiva en esa urbanidad. También se puede ver la fachada conservada del viejo mercado al que llegó “allá por 1930 un hombre delgado, bastante alto, algo moreno”. Era, por ese entonces, Roberto Chavero, convirtiéndose en el gran Atahualpa Yupanqui.
Un punto obligado de la visita a la localidad mediterránea de Entre Ríos es el Museo Homenaje de la Familia Ellena. Ese es el nombre con el que se denomina a la muestra de objetos vinculados a la historia urbana y rural de la región, constituido bajo el estilo de los museos de ciudad. No falta allí la alusión a la estadía de Yupanqui y hasta se puede dar con la guitarra con la que acompañó sus canciones en los bares de Tala.
Chavero arribó a la provincia en 1931. Llegó por el sur, cruzando de Zárate a Ibicuy. El camino le trajo hasta sus ojos a Gualeguaychú, Urdinarrain y, finalmente, Tala, con su selva de Montiel que le dio cobijo, vivencias y paisajes.
“Conocí muy de cerca a los gauchos judíos, consagrados ya por el hermoso trabajo de don Alberto Gerchunoff. Sí, los conocí, y a muchos de ellos les debo favores que jamás podré pagar; quizás, cantando, que es la moneda corriente que usan los trovadores infortunados y peregrinos”, narra en sus memorias.
Y vienen nombres: Cipriano Vila, Climaco Acosta, Juan Aguilar, Basaldúa y Juan Badaraco. “Entre los entreveraos, Jaquie Coogan, Bernardo Rotman, y entre todos ellos, el formidable Adolfo Rabinovich”.
De Rabinovich cuenta que era dueño de una taberna pobre, en la que una cortina de tela dividía el espacio público del privado dormitorio. También que era un buen conversador.
“La primera noche de mi llegada a Rosario del Tala, me lo presentó Vila. Me quedé con él y asistí a sus sagrados rituales de preparar el silencio. Frente a una pequeña mesa, sirvió un poco de Lusera, la bebida tradicional de Entre Ríos. Y lentamente me conversó sobre los campos, la lluvia, los callados ríos que apuñalaban la selva entrerriana”, escribió.
Describe la solidaridad vernácula en un gesto de inmensa generosidad del pulpero judío, quien tuvo que recurrir a un engaño para que acepten de sí lo mejor que podía ofrecer en ese momento y en ese lugar: el catre donde reposar.
Rabinovich había inventado una historia por la que debía ausentarse para poder dejarle su cama. Pero como a las cuatro de la mañana, los ronquidos deschavaron su estrategia y Atahualpa descubrió que dormía arriba de la mesa de billar, “sin abrigo alguno, sin almohada”. “Jamás olvidaré el gesto de ese gaucho judío”, remató.

TRAYECTOS. Conoció, además, los campos de Basavilbaso, Escriña, Gilbert, Rocamora, Altamirano, Lucas González, Sauce Sud. Todo eso en un mismo trayecto. Luego siguió buscando vivencias que habrán de alimentar su obra universal. Anduvo por Victoria, Villaguay, Crespo, La Paz, Feliciano.
En Paraná tuvo algunos amigos, entre los que se destacó Domingo Nanni, con quien siguió vinculado a través de valiosas cartas. En sus memorias habla del “Rengo” Salgado, Luis L. Etchevehere, Eduardo Laurencena, Pedro Mutio. “Nombres de raigambre vasca que me infundían confianza y eso determinó mi viaje a Paraná”, dijo. En la capital entrerriana vivió en calle Nogoyá, cerca de la avenida Ramírez, y tocó la guitarra en prostíbulos de calle Diamante.
Algunas historias –contadas incluso por Félix Luna– lo vinculan, en La Paz, a la revuelta rebelde y épica de los hermanos Kennedy, que se levantaron contra el golpe de Estado a Yrigoyen, pero su nombre no consta en los expedientes judiciales. Es el perfil filoradical del cantante popular, luego identificado con el Partido Comunista.
En Tala fue periodista en un pequeño diario que fundó junto a un amigo: La Voz. “Escribía sobre casamientos, bautismos y defunciones, deportes y asuntos sociales. Y como sobraban columnas en blanco, las llenaba de versos. Paniza, Saraví, Ortiz, Pedroni, Yamandú Rodríguez, coplas de Badaraco, refranes de payadas y pericones”.
Es sin dudas en Urdinarrain donde deja su huella, con Alma Alicia Chavero, su hija panzaverde. El cantautor Miguel Zurdo Martínez rastreó esa historia y dio con la partida de nacimiento de la mujer.
“Allá –escribió añorando don Ata– en el centro del país entrerriano, quedaban mis amigos entrañables, mi caballo y mis estribos, la choza y el río, el monte y su misterio, la selva de Montiel con sus palmares, su ciénaga y sus charcos, el jabalí y el pequeño venado, las mañanas abriendo pesadamente la niebla entre los montes”.

Sin caballo y en Montiel

Pasé de largo por Tala,
detenerme para qué,
de poco vale un paisano
sin caballo y en Montiel.

Climaco Acosta ya ha muerto,
Cipriano Vila también,
dos horcones entrerrianos
de una amistad sin revés.

Sin canto pasaba el río,
-para qué lo iba a tener-
ancho camino de fugas
callado tiene que ser.

Con mirada de otros años
y otro tiempo contemplé,
sobre un mangrullo de talas,
el palmeral de Montiel.

En la orilla montielera
tuve un rancho alguna vez,
¿lo habrá volteado el olvido?
¿será tapera? No sé.

Por eso pasé de largo,
detenerme para qué,
de poco vale un paisano
sin caballo y en Montiel.

Con mirada de otros años
y otro tiempo contemplé,
sobre un mangrullo de talas,
el palmeral de Montiel.

La sombra de mi caballo,
como en sueños divisé,
se me arrollaban en l’alma*
las leguas que anduve en él.

Por eso pasé de largo,
detenerme para qué,
de poco vale un paisano
sin caballo y en Montiel.**

En la orilla montielera
tuve un rancho alguna vez,
¿lo habrá volteado el olvido?
¿será tapera? No sé.

Por eso pasé de largo,
detenerme para qué,
de poco vale un paisano
sin caballo y en Montiel.

(Atahualpa Yupanqui)

Extraído de: http://www.eldiariodeparana.com.ar/

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