La doncella y una muerte
por Roberto "Coya" Chavero

(Recuerdos del día en que entro al gran silencio Nenette, 14/11/1990)

Solo esa noche estuvo presente. Tantos días pasé en su lugar de trabajo y nunca la había visto. Solo aquella noche en que me llamó a la 1 y media de la madrugada para hablar conmigo.
Yo venía de jornadas de angustia y preocupación que no alteraban mi buen dormir afortunadamente.
Dormía profundamente, cuando el teléfono sonó en el departamento. Nunca más olvidaría ese sonido. Su voz sonó calma y neutra. Me pidió que fuera lo antes posible. Me vestí rápidamente y crucé la noche de Buenos Aires, a toda velocidad por la Avenida del Libertador hasta llegar. Entré por la entrada de servicio. A esa hora, la entrada oficial estaba cerrada. Mi corazón se agitaba a pesar mío. Quería mantenerme sereno pero la ansiedad me superaba.
Llegué a su piso, pregunté por ella y, allí apareció, delante mío en su uniforme verde. Ese color destacaba aún más su piel cetrina, sus ojos caramelo, su cabello azabache. Seria, preguntó mi nombre, mientras yo no dejaba de asombrarme por su belleza. Sus rasgos finos, alta, bien formada, sus manos largas sostenían un papel.
Entonces empezó a relatar lo acontecido. Dijo… algo así: “esta noche su madre tuvo varios paros cardíacos. La fuimos sacando pero con el último no pudimos. Su madre murió hace una hora”.
Como en un mal sueño yo apenas escuchaba. La angustia me trepó al corazón y a la vez me paralizó. Mis emociones se congelaron finalmente.
“¿Quiere verla?”, preguntó. “Sí”, le contesté. Me indicó cómo llegar a la morgue y se despidió.
Nunca la volví a ver. Nunca la olvidé.
Cuando entré en la sala, allí estaba mi madre, bella, con una expresión serena, su ancha frente sin angustias. Le di un beso y le pregunté: “¿Mamá que has hecho?”. No pude llorar; tampoco sé si quería hacerlo.
No podía creer lo que estaba viviendo. La muerte de mi madre como desenlace de una operación tan simple.
No sentí reproches hacia nadie ni nada. Había entrado esa noche en la orfandad y las luces de las calles, en mi regreso al departamento, no mitigaban la oscuridad de esa larga jornada que había empezado a vivir.
No logro empequeñecer su ausencia con sus canciones, sus fotos, sus cartas y el recuerdo de sus dichos o de su tono de voz.
Hoy pienso en la vida que, con mano tierna y generosa, puso como ángel de la muerte a una bella mujer, en la noche más oscura de mi vida.

Roberto "Coya" Chavero


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