Yupanqui Conducción

Muchos años pasaron para que el Tata pudiera adquirir un automóvil. A pesar de su ir venir por el país y el extranjero, trabajando permanentemente, seguíamos yendo a Córdoba en el Rayo de Sol, tren que salía a las 20:00 hs de Retiro y llegaba a la mañana a Córdoba. Su traqueteo en las vías, no molestaba porque esa noche la vida parecía entrar en un mundo de magia.
La cucheta de arriba en la que yo quería pasar mi noche, subiendo por una escalerita de madera, el lavatorio, el olor a madera permanente, las frazadas… Todo un encanto que hizo esos viajes inolvidables.
Esos viajes se terminaron cuando apareció un día el Tata manejando un 2CV. Orgulloso de su auto fuimos a dar un paseo por los lagos de Palermo, un poco al paso y otro poco al galope. Al galope, digo, porque mi padre no era un experto conductor, de modo que al poner primera el 2 CV empezaba a los saltos. Nos llevó con la nobleza del humilde generoso, rústico de Buenos Aires al Cerro Colorado unas cuantas veces. También anduvo por otras rutas cuando Tata iba a dar sus conciertos. Aprovechaba las horas de viaje sin radio para ir componiendo o escribiendo en su cabeza los versos de nuevas canciones. Al no tener velocidad, 90 Km/h cuesta abajo y con viento a favor, le permitía relojear los paisajes y los personajes de la orilla del camino.
Como relataba por ahí, mi padre no tenía maestría en esto de conducir vehículos. Esto quedó asentado en la memoria familiar cuando le tocó sacar su registro en Buenos Aires allá por la Costanera Sur. La primera de las varias veces que le tocó hacer el trámite, fue manejando. Llegó a la hora prevista y cuando el inspector lo vio le dijo con impaciencia: qué hizo señor?: Ud. no puede llegar aquí conduciendo el auto!. Ud. no tiene registro. Váyase ya. Pida otra fecha porque si no tendré que retener su auto y multarlo.
En la segunda oportunidad lo acompañó mi tío Robert. Llegaron al lugar, se subió el inspector y se fueron… galopando por esa calle de la Costanera. A la hora de estacionar llegó el drama. Más cien maniobras para acomodar el 2 CV en ese estrecho espacio. De vuelta a casa y sin registro.
La tercera oportunidad de nuevo con los galopes, y con la tortura de meter ese auto entre las dos vallas.
La cuarta y definitiva (ya se habían hecho casi amigos con el inspector, quien cumplía con su tarea a pesar del renombre del examinado) se repitió la rutina. Cuando llegó la hora de estacionar y luego de varias maniobras, el inspector le dijo al Tata: “está bien”. Y, antes de bajarse a firmarle los papeles y darle el registro, agregó:
“Más fácil es con la guitarra, no don Ata?”.

Roberto “Coya” Chavero

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