LA VISITA DEL FOLKLORISTA ATAHUALPA YUPANQUI A GRAN CANARIA EN EL AÑO 1968

por ALEJANDRO C. MORENO MARRERO

Extraído de: www.etnografiayfolclore.org

Sobradamente conocidas han sido, sin duda, las visitas a las Islas Canarias de afamados folkloristas y grupos musicales hispanoamericanos, tales como, por ejemplo, Jorge Cafrune, “Los Chalchaleros”, Eduardo Falú, Peteco Carabajal, Sole Pastorutti, “Los Fronterizos” o la propia Mercedes Sosa, sin embargo, posiblemente muchos de ustedes desconozcan que en el año 1968 visitó la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria el excepcional intérprete y compositor argentino Atahualpa Yupanqui. Por este preciso motivo, aprovechando el preclaro interés del asunto y, de alguna manera, también la documentación de ello que tenemos recopilada, hoy trataremos de acercarnos minuciosamente a aquel episodio de la historia musical canaria tan atractivo como poco estudiado hasta ahora.

Como recordarán los fieles lectores de nuestra revista, el amigo Manolo Estupiñán realizó hace algunos años un exhaustivo y pormenorizado estudio biomusicográfico de Atahualpa Yupanqui, de modo que nosotros en esta ocasión sólo y exclusivamente nos centraremos en la tarea de historiar lo más fielmente como nos sea posible el pasaje que supuso su visita a Gran Canaria, ya que si alguien de ustedes desea saber más sobre la vida y obra de Don Ata (como así le llama cariñosamente el pueblo argentino), por supuesto, le remito al delicioso trabajo elaborado por el compañero Estupiñán.

La llegada de Atahualpa a la isla de Gran Canaria tenía lugar el martes 19 de noviembre de aquel año 1968. Esa misma tarde ofrecía una rueda de prensa en el Hotel Las Palmas-Palace, mientras que al día siguiente era recibido en la casa de D. Luís Jorge Ramírez, lugar donde se congregaron para la ocasión numerosos intelectuales y artistas canarios, además de los componentes del grupo “Los Gofiones”. El concierto en el Teatro Pérez Galdós de Las Palmas de Gran Canaria se producía, concretamente, el martes 26 de noviembre de 1968. Así pues, el periódico “Eco de Canarias”, en su edición del día siguiente, publicaba una crónica del concierto firmada por M.S.B. con el título de “Atahualpa Yupanqui, un músico poeta de profundo eco popular” que decía textualmente lo siguiente:

“Yo no estudio las cosas ni pretendo entenderlas. Las reconozco, es cierto, pues antes viví en ellas". Así decía uno de los versos de Atahualpa Yupanqui, este hombre universal, distinto, que lleva consigo un mensaje de sencillez, comprensión y humanidad. Este hombre que parece venir solo, silencioso y hablador al mismo tiempo; que sabe hablar de las cosas de la tierra, de las cosas del hombre; cuya guitarra canta y susurra con él. Este hombre, decimos, al que los públicos del mundo entero han aplaudido; que conmueve por la reciedumbre y la severidad de su palabra, de su oratoria dulce y honda a un tiempo; él es quien ayer, en nuestro Teatro Pérez Galdós, entusiasmó al público; lo hizo vibrar, soñar y pensar.

Su figura recia, humanísima; el rostro y las manos; la voz honda, todo al servicio de la poesía; en especial, la música. Su guitarra y sus canciones. Es un hombre sin edad, identificado con todas las cosas del mundo. Por eso habla a las piedras y de las piedras; a los árboles y de los árboles.

"Y florezco en guitarras, porque fui madera" nos dice el poeta. Es su poesía penetrante y nos resulta familiar porque es como arrancada de la tierra, sacada de lo diario, de lo de siempre. Él nos habló ayer, nos recitó o nos cantó, como prefieran, del paisaje de poeta que no ha perdido sus raíces de tierra y que mira a la tierra para el encuentro consigo mismo; de poeta que contempla al ser humano en la raíz más honda del dolor y la alegría y de poeta que, naturalmente, sabe del pobre y entiende su pena, y ha vivido su pena. Así lo dice uno de sus versos: "No quiero que nadie pase, las penas que yo pasé".

De alma sensible que encuentra en todo un elemento poético; que mira al pasado y lo rescata, como en su primera canción "la vidala religiosa del siglo XVII"; que se vuelve al hombre más hondo, a aquel que aún lleva un niño frustrado, para hablar da sus nostalgias; o que susurra una nana para dormir a un pequeño; o que canta la lección del "aromo", ese árbol de su tierra que tiene "un almita tan linda, que hace flores de sus penas" o que nos refiere su "rabia del silencio" o la historia de los pájaros que allá, en el monte, le hicieron sentir que eran más que él; le hicieron a él sentirse solo y hombre y abandonado.

Muchas cosas más se podrían decir de la voz poética de Yupanqui, pero él nos dio ayer la mejor lección de todas. Que las verdaderas cosas están dentro, y las palabras sobran y basta con unas pocas. Con las necesarias, que son las que él recitó, las que levantó en el aire e hizo vibrar con su guitarra y cuya emoción resulta irrepetible.

Por su parte, naturalmente, el periódico “Diario de Las Palmas” también se hizo eco del éxito del concierto ofrecido por el folklorista argentino en el Teatro Pérez Galdós, puesto que ese mismo día salía publicada una crónica firmada por A.Q.P. con el título de “Recital inolvidable de Atahualpa Yupanqui” que expresaba lo siguiente:

“Canción y poesía, poeta y músico se revelan al conjuro de unos acordes de guitarra. Atahualpa Yupanqui llega así al pueblo: con la palabra sencilla, clara, emotiva; con la melodía llana. Atahualpa Yupanqui canta al árbol, a la tierra, al niño, a la nube, al viento; al hombre que sufre de desamparo y de injusticia, al que habla en el silencio, sin palabras, de la inmensa llanura pampera.

Canta a ese hombre humilde, sin pan, que se siente explotado por otro hombre. Atahualpa Yupanqui, guitarra y canción, canta, canta a la partícula cósmica que canta en su sangre. Canta a la nostalgia, al pájaro, al río, a las raíces secretas. Y su canto es un mensaje que se expande y se hace infinito y eterno en el amor, en la tierra, en la protesta y en el hombre.

"Y así voy por el mundo, sin edad ni destino,
al amparo de un cosmos que camina conmigo.
Amo la luz y el rio, y el silencio, y la estrella.
Y florezco en la guitarra porque fui la madera".

Así se define este juglar, que ayer, en el Pérez Galdós -un teatro abarrotado y expectante-, dio un recital de sus canciones, de esas canciones suyas que son vivencias. Y por esa autenticidad, por esa fuerza del sentimiento que las sostiene, por ese lirismo y sinceridad que las acentúa, es por lo que el público -el pueblo- va a escucharle. Y cuando lo escucha lo hace con recogimiento, con fruición, casi con religiosidad. Ahora venimos a recordar aquello que nos decía el gran pianista Alexis Weisseniberg: “que el ideal era ofrecer un recital sin programa, sin sujeción a ninguna pauta, a ningún plan; sin esclavizarse a algo que no se sintiera en el momento de ejecutar una obra”. Atahualpa Yupanqui lo ha logrado, porque él canta, recita y toca al dictado de su corazón.“Quiera Dios -dice- que me rodee un público, afecto al intimismo, porque entonces yo podré decir mejor mis cosas, como si cada oyente se envolviera en su propia soledad; en una pampa callada”

Y desde esa Vidala religiosa del siglo XVII hasta la última canción, Atahualpa Yupanqui nos envolvió en el sugestivo clima de su poesía, en la perfecta simbiosis de música, palabra y sentimiento. Y en nuestro maravillado recogimiento de oyentes, íbamos sintiendo esos poemas al niño que duerme, al niño negro, a la madre, al campesino, al pampero silencioso, al caballo, al árbol "aromo", a los mineros, al indio montañés, a “los ejes de una carreta”, etc. Con ese intimismo que para cantar necesita Atahualpa Yupanqui. Un intimismo que sólo se rompía con los aplausos de un público colmado por la emoción”.

Atahualpa Yupanqui, según recoge la prensa de la época, pasó alrededor de una semana en las Islas Canarias, donde ofreció únicamente dos conciertos, ya que además del que acabamos mencionar celebrado en el Teatro Pérez Galdós de Las Palmas de Gran Canaria, también ofreció otro igual de exitoso en la isla de Tenerife. Curiosamente, como recuerdo de su visita al Archipiélago, Totoyo Millares le hizo entrega a Don Ata de un timple canario, pues parece ser que el cantor argentino se había interesado muchísimo por nuestro instrumento típico, tal es así que incluso declaró que tenía la intención de componer una pieza musical inspirada en la similitud existente entre el timple y el charango. En fin, esto es todo y cuanto sabemos referente a la memorable visita del folklorista Atahualpa Yupanqui a la isla de Gran Canaria en el año 1968, una página de nuestra historia musical escasamente conocida hasta ahora, pero no por ello menos importante. Sea como fuere, dicho lo cual, esperamos y deseamos que este modesto artículo haya sido del agrado e interés del amable lector entusiasta y apasionado de la música de ascendencia folklórica.

ALEJANDRO C. MORENO MARRERO

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