Treinta y tres por Roberto "Coya" Chavero

Oigo una voz que ahora viene
cantando por el camino.
Es otra voz y otro canto
de los que siempre he oído.

Otra la voz, otro el canto,
Y,, también, otro el camino,
Y hasta otro yo el que escucha
Creyendo que soy el mismo.
(José Bergamín)

Treinta y Tres

“Qué se siente estar en el extranjero”, me preguntó una señora? La pregunta me perturbó. No supe qué contestar. Me nació una rápida respuesta que se correspondía con un sentimiento no elaborado aún: “no siento estar en el extranjero”. En realidad, me perturbó que la señora viera en mí a un extranjero.

Me pregunto ahora, sin la necesidad de una respuesta rápida, a la que me sentí obligado por una cuestión de cortesía, qué es para mí el extranjero o, su forma personificada, un extranjero.
Cuál es el territorio en el puedo considerarme extranjero?
Un desierto en Mongolia, Siberia nevada, la cumbre de una cordillera, los pantanos en Florida, Estambul, Nueva York, el fondo de una mina, el mar, las mil formas del cielo cuando lo surco en un avión?
Podría seguir enumerando hasta el infinito los paisajes del planeta y los que ha construído el hombre, sin hallar uno en el que me sienta ajeno a él, que no tenga algo cercano o familiar. Sostengo, desde hace muchos años, que todos esos paisajes están dentro nuestro: cumbres y abismos, desiertos (que nunca están realmente desiertos) y llanuras fértiles, ríos caudalosos y pequeños lloros montañeses, ciudades iluminadas a giorno y oscuros callejones. El universo entero está en cada uno de nosotros. Solo hay que tener ojos dispuestos a ver.
Escribo todo esto paisano Abella porque al cruzar las aduanas no ingresé al “extranjero”.
Extranjero me resulta ese mundo que necesita aduanas. La extranjería nace cuando los hombres no tienen ni un poquito en común en su paisaje y en su horizonte. Solo los poderosos se benefician con la idea de extranjería. Para mí qué puede haber de extranjero en un sarandí, en las playitas de arena del Olimar, en esos ceibos que me contaron de flores blancas o celestes.
Podré sorprenderme por ese rasgo para mí desconocido pero sentirlos ajenos….
En mi paso por Treinta y Tres se asomaron multitud de historias vinculadas a la estadía de mi Tata. Cuánta siembra la suya! Y qué buena tierra para sus semillas. Los muchachos jóvenes, hoy, interpretando los ritmos tradicionales de su tierra y las canciones que están en el corazón de su gente.
Puedo decir que la suscripción a una estética típicamente norteamericana con batería, instrumentos eléctricos no la comparto. Pero no creo que mi opinión en ese sentido tenga importancia.
Van por debajo de las luces, de un sonido de muy buena calidad aunque exagerado en volumen, trepando al corazón de los orientales, las canciones que los nombran y los traducen cabalmente.
Pasarán estos tiempos. Las reuniones de criollos seguirán existiendo en las casas de familia, en los boliches de campo. Siempre habrá una guitarra criolla, buena o regular, que nos ayudará a desenrollar nuestros sentires.
Hay que tener paciencia. Los jóvenes habrán de comprender , espero que más temprano que tarde, las trampas de esas estéticas que nos conducen a la confusión en materia de identidad personal y nacional. Tan bella es su tierra Serrano! Cómo no habrán de nacerle a los muchachos canciones que traduzcan con belleza y verdad, en las letras, en las melodías y en los arreglos instrumentales y vocales, esa belleza simple y mágica de su tierra.
Las rutas orientales me resultaron peligrosas porque no alcanzan los ojos para descubrir la multitud de rincones bellos, verdaderos recreos del alma.
Pude ver ciudades y poblados antiguos, conservando la estirpe criolla, la serenidad en los gestos, mostrando el rostro apacible de la existencia y ríos (el Ceboyatí, el Olimar, el Yí, el Río Negro, multitud arroyos) que la multiplican.
Imaginé el ir y venir de aquellos hombres que se jugaron la vida a punta de lanza, el retumbo de los galopes en las cuchillas. Tierra sin límites, sin frontera que nos diga a partir de aquí usted es un extraño, un extranjero.
Amo la tierra, paisano, toda la tierra. Me siento a gusto con muchos. Del pago que sean. Me resultan extranjeros los vanidosos, los calculadores, los asesinos, los ladrones, los mentirosos, los codiciosos. No porque yo sea un virtuoso o un santo. Pero ellos viven en un mundo que me es ajeno. Allí no solo soy extranjero: quiero serlo!
Allí, seguramente, me habrán de solicitar que presente documento, declaración de impuestos y todas las fronteras que algunos han inventado para sojuzgar a los pueblos, no para organizarlos, como declaran.
Por eso quiero manifestarle a Ud. y a través suyo a sus paisanos, nuestra gratitud, pues no llegué solo a su tierra, por la generosidad manifestada en tantos gestos, pequeños y grandes, tanta palabra emocionada: en Pepe Guerra que nos acompañó en este homenaje a mi Tata, en Val Menendez y sus colaboradores por el trato , por la organización, en el Tero (tengo ahora dos amigos a los que le dicen “Tero”: y fíjese, los dos son callados), en Schubert Flores y su compañera, en Demetrio Xavier, aparcero en muchas ocasiones del canto.
Si en alguna manera nosotros dos podemos representar una grano de arena de cada orilla del río Uruguay seguramente seguiremos adelante con todo aquello que consideramos un deber: cantarle a la tierra, a sus hombres de bien del modo más cabal que podamos. Estamos construyendo un puente que no se ve pero que existe desde siempre. Nos lo enseñaron nuestros antepasados y nuestros próceres (los de verdad) y los estamos honrando para que nadie se sienta “extranjero” en su tierra o en la mía.
Un abrazo.

Roberto Chavero.

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