Cerro Colorado, 07/02/2011

“Cuando le da por crecer” por Roberto "Coya" Chavero.

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Ya se posó la polvareda del Encuentro y el paisaje recuperó el canto que puebla sus amaneceres: el de sus pájaros.
Ya están en sus lugares los cantores, guitarreros y guitarristas, retomando su trajín habitual. Como golondrinas viajeras al final de una estación, o mejor, como palomas mensajeras, volaron a su querencia llevando el mensaje que todos pretendemos sostener: la voz de la tierra. Esa voz que empecinadamente llevó por el mundo el Tata.
Tres días, como aquellos que mencionan los textos sagrados, para recuperar en nosotros, la fuerza del canto de la tierra. Los varios cientos de personas que se congregaron en esos tres días a escuchar relatos, cantos, poemas y melodías inolvidables de nuestra tierra se hicieron uno con ellos. Su silencio, su emoción acompañaron la luz que emanó del encuentro.
Nos fuimos todos alumbrados y preparados para el alumbrar. No es otro el objetivo de este Encuentro de Yupanquianos. Convertir este acontecimiento en un abrevadero para todos los que tenemos sed de arte, de emoción, de criollismo sin arengas ni chauvinismo, de matices, de palabra austeramente empleada. Bajamos todos al jagüel en el que solo se escucha el latido de nuestro corazón y donde solo se ve el reflejo de las estrellas.
Todo empezó como siempre, con la llegada de los cantores y músicos, que se fueron aproximando al almacén de Argañaraz, a su mesa de piedra circular a compartir su canto con el de otros venidos de lejos. Nadie sabe con quien se va a encontrar ese día. Pero todos traen algo en su alforja para compartir.
Y sin darnos cuenta había más de doscientas personas que se rodearon alrededor de los músicos y hasta alguno de entre ellos pidió permiso para decir un verso, cantar una canción. Y la guitarra iba de mano en mano. Y el cielo estaba allí.
Al otro día, 30 de Enero, el recital en Puesto Nuevo, un puesto de campo a 3 Kms. de Cerro Colorado, elegido por nosotros por un motivo fundamental y por otras razones operativas:
El escenario se armó al pié de un algarrobo de 500 años. Además había un buen espacio para estacionar los vehículos y los dueños de casa tienen fama de buenos anfitriones y cocineros.
Gran calor durante el día y nubes pesadas que de vez en cuando regaban las gramillas con mucha discreción. Nadie se movió.
Se exhibió un reportaje inédito a Yupanqui realizado por José Luis Lanzilotta de Pergamino en el año 88.
Estaba prevista una charla en el quincho con los músicos al finalizar el video pero ya empezaba la tarde y resolvimos dar inicio al encuentro musical.
El algarrobo centenario, abrió su mano para cobijar en su palma a cada uno de los que allí estuvieron.
Inició el rito Chacho Marzetti, locutor de Córdoba, leyendo El Canto del Viento acompañado por Francis Vera, guitarrista de Capital federal. Gran silencio y recogimiento al escuchar las palabras de don Ata. Y luego todo fue celebración, de la guitarra criolla, del canto criollo, de la música criolla, de la poesía. Se fueron sucediendo las interpretaciones; al llegar la noche nos regaló un infinito tapiz de estrellas, se iluminó el algarrobo y al recortarse contra la oscuridad, nos envolvió en misterios, como un atrio surgido del vientre mismo de la tierra. Al pasar los días, ya no sé si fuimos nosotros quienes cantábamos y contábamos o si fue él quien nos usó para manifestarse.
Empezó a poblarse de relámpagos el horizonte cerca de la medianoche. Ya era 31, aniversario del Tata. Dudas en nosotros y en el público. Los conocedores del lugar, establecimos que la tormenta no iba a llegar. Venía del poniente. Y si llegaba, sería alrededor de las tres de la mañana.
Seguimos sin inquietarnos aunque el horizonte fuera una sola luz. Así terminó en paz la noche. Y luego de cruzar el río de los Tártagos todos nos fuimos a descansar. A las 3 y cuarto empezó a llover, para nuestra alegría, pues hace tres años que no llueve bien y las vertientes, los ríos y los arroyos se estaban secando.
Los muchachos de la TV que filmaron todo, pernoctaban en el Puesto Nuevo. Como hombres de la TV dijeron: “mañana nos vamos a primera hora”.
Resultado: a quedarse viendo el río crecido sin poder salir hasta el otro día pues como dice la chacarera La Colorada:

“Soy del cerro Colorao
Ande no sabe llover.
Ande naides cruza el río
Si le da por crecer”.

A la tarde siguiente, el 31 de Enero, encuentro en la Casa-Museo a partir de las 16hs.
Fue el broche de oro. Lo que no se había concretado en la jornada anterior se concretó entonces. Los músicos y otras personas que conocieron o estudiaron a Yupanqui desde la filosofía comentaron, conversaron con el público su obra en el patio de su casa. También se fueron sucediendo canciones, ya sin sonido, sin luces, en un ámbito de una intimidad extrema hasta que la llegada de la nueva noche nos dijo que era tiempo de decir hasta pronto.
Nos fuimos todos, subiendo por la senda de piedra hasta los vehículos. Norma y yo, de la mano por el camino cerramos las tranqueras, contemplando los contornos oscuros de los cerros con la última luz del tarde.
El ritual se cumplió. Tres días. Cada uno con su impronta, cada uno con su propio carácter, sin desmentirse entre sí.
La celebración fue una verdadera fiesta en la que los hombres recuperamos nuestra verdadera dimensión, esa que nos hace dignos de la vida y de este maravilloso lugar que llamamos tierra.

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